Fui al funeral de mi madre vestida de presa y descubrí una verdad aterradora
El tanatorio de San José lucía una solemnidad sobrecogedora bajo la tenue luz de la tarde. En la capilla principal, rodeada de coronas de flores blancas y el aroma denso del incienso, se congregaba la alta sociedad de la ciudad para despedir a Carmen, la respetada matriarca de la familia Alarcón. En primera fila, Bárbara, con un impecable vestido negro de cuello alto y el cabello recogido en un moño perfecto, fingía un dolor insoportable, mientras su esposo Daniel mantenía una postura severa y elegante. Todo parecía marchar según el plan que ambos habían diseñado meticulosamente.
La interrupción del luto
De pronto, el silencio sagrado del templo se rompió con el estruendo de las puertas dobles al abrirse de golpe. Una figura exhausta, vistiendo un tosco chándal gris de prisión y con el cabello rubio revuelto, irrumpió en el pasillo central. Era Lorena. Los murmullos de horror no se hicieron esperar entre los asistentes. La joven, que supuestamente debía estar cumpliendo condena por un fraude que no cometió, sostenía entre sus manos un hacha de emergencia de metal brillante.

—¡Espera! —gritó Lorena con la voz rota por la desesperación, corriendo hacia el altar.
Antes de que los guardias pudieran reaccionar, Lorena levantó el hacha y la descargó con toda su fuerza sobre la tapa del ataúd de madera blanca. El impacto astilló la madera con un crujido seco que heló la sangre de los presentes. Bárbara se llevó las manos al rostro, conteniendo un grito de pánico puro, mientras Daniel daba un paso al frente con los ojos encendidos de rabia.
—¡¿Te has vuelto loca?! —rugió Daniel, intentando abalanzarse sobre ella para arrebatarle el arma.
—¡No está muerta! ¡La oí! ¡Sé lo que le hicieron! —gritó Lorena entre sollozos, señalando el féretro dañado.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Nadie se atrevía a respirar. Fue en ese instante de tensión absoluta cuando un sonido sordo y rítmico emergió del interior de la caja de madera. Un golpe seco. Luego otro. Daniel miró a Bárbara con los ojos desorbitados por la incredulidad, susurrando en un hilo de voz:
—¿Has oído eso?
”Daniel miró a Bárbara con los ojos desorbitados por la incredulidad, susurrando en un hilo de voz:—¿Has oído eso?