Me encerraron para silenciarme, pero el ataque en prisión reveló la peor traición
La tensión en el patio de cemento
El sol de mediodía caía implacable sobre el patio de la prisión de Alhaurín, convirtiendo el suelo de cemento y polvo en un horno a cielo abierto. En una esquina, rodeada por altos cercados de tela metálica que recortaban el cielo azul, Sara se colgaba de las barras de ejercicio. A sus treinta y un años, con el cabello castaño oscuro recogido en una trenza de espiga impecable, su cuerpo atlético se movía con una disciplina implacable. Cada dominada era un recordatorio de que, aunque la hubieran encerrado injustamente, su mente y su cuerpo seguían siendo libres.
Al descolgarse de la barra, el silencio que se apoderó de la zona de entrenamiento fue inmediato. Las reclusas que momentos antes reían y murmuraban se apartaron rápidamente, abriendo paso a una figura amenazadora. Begoña, una mujer de treinta y seis años, de complexión robusta y cabello corto y rapado por los lados, avanzó decidida hacia Sara. Vestía una camiseta deportiva oscura que dejaba ver sus brazos curtidos en mil batallas carcelarias.

—¿Te crees muy fuerte, princesita? —escupió Begoña con una sonrisa cargada de desprecio—. Aquí las reglas las pongo yo.
Desde la multitud que ya se agolpaba en círculo, una voz chillona e instigadora gritó con fuerza:
—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! ¡Dale una paliza!
Begoña no esperó más. Con un rugido de furia, exclamó un seco «¡Vamos!» y lanzó un derechazo brutal directo a la mandíbula de Sara. Pero Sara no era una víctima fácil. Con una rapidez asombrosa, esquivó el impacto inclinando el torso, bloqueó el siguiente golpe con el antebrazo y contraatacó con una patada baja que desestabilizó a su oponente. Antes de que Begoña pudiera recuperarse, Sara la sujetó por el cuello de la camiseta y le propinó un devastador rodillazo en el abdomen, enviándola directamente al suelo polvoriento.
Sara se quedó de pie sobre su oponente caída, jadeando bajo el sol abrasador, antes de darse la vuelta y alejarse sin mirar atrás, dejando claro que no se dejaría pisotear por nadie.
”Antes de que Begoña pudiera recuperarse, Sara la sujetó por el cuello de la camiseta y le propinó un devastador rodillazo en el abdomen,…