Traición · Historia

Me encerraron para silenciarme, pero el ataque en prisión reveló la peor traición

Me encerraron para silenciarme, pero el ataque en prisión reveló la peor traición — Parte 2
Imagen del vídeo original

Anteriormente: Sara pensó que perder su libertad era lo peor que podía pasarle, hasta que un brutal ataque en el patio de la prisión reveló que su propia familia quería verla muerta.

La conspiración en las sombras

La victoria de Sara en el patio tuvo consecuencias inmediatas. Bajo el pretexto de haber iniciado una riña, los guardias la arrastraron a las celdas de aislamiento, un sótano húmedo donde el tiempo parecía detenerse. Allí, en la penumbra, Sara intentaba calmar sus pulsaciones cuando la pesada puerta de hierro se abrió con un chirrido estridente. No era el relevo de la guardia, sino el sargento Martínez, un oficial conocido por su crueldad y por mirar hacia otro lado cuando el dinero adecuado cambiaba de manos.

Martínez cerró la puerta por dentro, bloqueando la única salida, y miró a Sara con una sonrisa gélida que le heló la sangre. En sus manos sostenía una porra reglamentaria.

Me encerraron para silenciarme, pero el ataque en prisión reveló la peor traición
—Has cometido un grave error al humillar a Begoña, Sara —dijo Martínez con voz pausada—. Ella tenía un trabajo que hacer hoy, y tú se lo has arruinado.

Sara se puso en pie, pegando la espalda a la fría pared de hormigón. Presintiendo el peligro, intentó mantener la voz firme.

—¿De qué está hablando, sargento? Yo solo me defendí de un ataque injustificado.

El oficial soltó una carcajada seca y sacó de su bolsillo un teléfono móvil, reproduciendo un mensaje de voz grabado. La voz que sonó era inconfundible: era Irene, la hermana de Sara, la misma mujer que la había incriminado en el fraude financiero para apoderarse de la empresa familiar.

—Asegúrate de que Sara no llegue con vida al juicio de apelación de la próxima semana, sargento. El resto del dinero ya está en su cuenta de siempre —decía la grabación.

Sara sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su propia hermana no solo la había enviado a prisión, sino que ahora pagaba para que la asesinaran dentro. Martínez guardó el teléfono y alzó la porra, dispuesto a ejecutar el encargo él mismo en la oscuridad del calabozo. Sara buscó desesperadamente una salida, pero estaba acorralada en un espacio sin escapatoria.

Sara buscó desesperadamente una salida, pero estaba acorralada en un espacio sin escapatoria.