La promesa de una reclusa para salvar a la joven que querían destruir
El infierno de cemento
La lluvia fina de la tarde gallega empapaba el patio de hormigón de la prisión provincial, convirtiendo el suelo en una superficie resbaladiza y peligrosa. El cielo, de un gris plomizo y pesado, parecía aplastar el ánimo de las reclusas que caminaban en círculos bajo la estricta mirada de las torres de vigilancia. Sin embargo, en la esquina más apartada del patio, detrás de los lavaderos oxidados, se estaba gestando una tragedia silenciosa que nadie se atrevía a detener.
Lidia, una joven interna de apenas veinte años, de ojos azules cargados de un pánico infinito, se encontraba de rodillas, sometida por la fuerza. Dos reclusas corpulentas sostenían sus brazos con firmeza, impidiéndole cualquier intento de defensa. Frente a ella, Begoña, una mujer robusta y curtida por años de encierro, sonreía con una crueldad heladora mientras empujaba repetidamente la cabeza de la joven dentro de un pilón metálico lleno de agua helada. Lidia pataleaba, ahogándose en el agua sucia, buscando desesperadamente un mililitro de oxígeno que se le negaba.

A pocos metros de distancia, Sara, una interna silenciosa conocida por su fuerte carácter y sus tatuajes en las muñecas, observaba la escena mientras recogía sus herramientas de los talleres de mantenimiento. El desprecio por la injusticia encendió una chispa en su interior que creía apagada hace mucho tiempo. No podía quedarse de brazos cruzados.
¡Suéltala, zorra!
El grito de Sara cortó el aire húmedo del patio. Soltando sus herramientas, agarró un trozo de hormigón desprendido del muro y saltó desde el pequeño terraplén. Begoña se giró bruscamente, con los ojos inyectados en sangre ante la audacia de la interrupción.
¡Estás muerta, novata!
Pero Sara fue más rápida. Esquivando el torpe ataque de la veterana, conectó una serie de golpes precisos que culminaron con un violento derribo. El cuerpo de Begoña impactó secamente contra el cemento mojado, dejándola sin aire. Mientras las secuaces retrocedían asustadas, Sara corrió hacia Lidia, que tosía de rodillas en el suelo.
Ya te tengo. ¿Estás bien?
Lidia asintió débilmente, aferrándose al brazo de su salvadora como si fuera su única esperanza en aquel infierno de rejas.
”¿Estás bien?Lidia asintió débilmente, aferrándose al brazo de su salvadora como si fuera su única esperanza en aquel infierno de rejas.