Segundas oportunidades · Historia

La promesa de una reclusa para salvar a la joven que querían destruir

La promesa de una reclusa para salvar a la joven que querían destruir — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Lidia llegó a la prisión provincial, no sabía que su vida corría peligro. Sara arriesgó su propia condena para rescatarla de un destino fatal en el patio.

La conspiración en las sombras

El rescate en el patio no fue el final, sino el inicio de una pesadilla aún mayor. Esa misma noche, el ambiente en el módulo de mujeres era de una tensión insoportable. Las reclusas evitaban mirar a Sara y a Lidia en el comedor, sabiendo que la venganza de Begoña no tardaría en llegar. Sin embargo, lo que ninguna de las dos sospechaba era la magnitud de la conspiración que rodeaba la condena de la joven novata.

Mientras descansaban en su celda compartida, Sara intentó curar las heridas de Lidia. Fue en ese momento de confidencialidad cuando la joven confesó la verdad detrás de su encierro. No estaba allí por un simple error. Lidia poseía información crucial sobre una red de desfalco y lavado de dinero que involucraba a su expareja, un influyente empresario con conexiones muy peligrosas fuera de la prisión. Begoña no actuaba por capricho; había recibido un pago sustancial desde el exterior para asegurar el silencio definitivo de Lidia antes de que pudiera testificar ante el juez.

La promesa de una reclusa para salvar a la joven que querían destruir

De repente, a midnight, las luces del pasillo se apagaron por completo. Un silencio sepulcral inundó el pabellón. Segundos después, el sonido metálico del cerrojo de su celda resonó en la oscuridad. La puerta se abrió lentamente, revelando la silueta de un guardia corrupto que se retiró de inmediato, dejando el paso libre a tres figuras que avanzaban armadas con pinchos carcelarios de fabricación casera.

No hagas ningún ruido, Lidia. Quédate detrás de mí,

susurró Sara, bloqueando la entrada de la celda con una de las literas metálicas. La tensión era máxima. Las atacantes comenzaron a golpear la improvisada barricada con furia, mientras Begoña, cojeando pero con una mirada de odio puro, aparecía al fondo del pasillo exigiendo sus cabezas. Sara sabía que no podrían resistir mucho tiempo en aquel espacio cerrado si la ayuda no llegaba pronto.

Sara sabía que no podrían resistir mucho tiempo en aquel espacio cerrado si la ayuda no llegaba pronto.