El secreto del despacho de mi padre que destruyó los planes de mi madrastra
El regreso inesperado
El silencio de la lujosa mansión de los Álvarez en Madrid siempre había resultado imponente, pero aquella tarde se sentía denso, casi asfixiante. Roberto cruzó el umbral del majestuoso vestíbulo de mármol, aferrando las llaves de su coche con una fuerza inusual. Su mente, ocupada por los complejos negocios de la capital, se detuvo por completo cuando alzó la vista. Junto a la imponente escalera de caracol, una figura familiar se encontraba de rodillas sobre el frío suelo.
Era Emma. Su hija, a quien no había visto en seis dolorosos meses, vestía una sencilla camiseta verde y lo miraba con una mezcla de terror y súplica en los ojos. Al cruzar sus miradas, el tiempo pareció congelarse. El dolor acumulado durante meses de distanciamiento se concentró en ese instante.

—¿Papá? —susurró la joven, con la voz quebrada por el llanto contenido.
Roberto ahogó un gemido de incredulidad, dando un paso vacilante hacia ella mientras su corazón latía con fuerza.
—¿Emma? —consiguió pronunciar, incrédulo ante la presencia de su hija.
Antes de que pudiera acortar la distancia física que los separaba, el sutil y rítmico eco de unos tacones sobre los escalones de madera noble rompió la magia del reencuentro. Victoria, su esposa, descendió con una elegancia felina. Vestía un camisón de seda que fluía a su paso y sostenía con delicadeza una copa de vino tinto. Su rostro reflejaba una absoluta tranquilidad, una calma que helaba la sangre.
—Vaya, has vuelto pronto —dijo Victoria, dedicándole una sonrisa perfecta pero carente de calidez.
La tensión en el aire se volvió insoportable. Roberto no respondió al saludo de su esposa. En su lugar, su expresión se tornó de una frialdad absoluta. Con una determinación implacable, sacó su teléfono inteligente, lo llevó a su oído y, sin desviar la mirada de la mujer que decía amar, pronunció una orden directa:
—Inicie la investigación. Ahora.
”Con una determinación implacable, sacó su teléfono inteligente, lo llevó a su oído y, sin desviar la mirada de la mujer que decía amar, p…