La reclusa que intentó acabar conmigo en prisión escondía el secreto de mi libertad
El silencio del acero
El comedor de la prisión de Soto del Real siempre olía a una mezcla de desinfectante industrial y rancho frío. Para Paula, cada almuerzo era un ejercicio de supervivencia. Con solo veintiséis años, la cabeza rapada y los brazos cubiertos de tatuajes que narraban su dolor, se sentaba sola en las mesas metálicas atornilladas al suelo. Sabía que llamar la atención era una sentencia de muerte en un lugar gobernado por la ley del más fuerte.
De repente, el habitual murmullo de las reclusas cesó. Un silencio espeso y cargado de amenaza se extendió por el comedor. Detrás de Paula, unos pasos pesados rompieron la calma. Era Olga, una reclusa de cuarenta y cinco años, de complexión imponente y mirada despiadada, que controlaba el tráfico de influencias dentro del penal.

¿Crees que este es tu patio de recreo, niña?
Olga comenzó a aplaudir con una ironía cortante, buscando el espectáculo. A su alrededor, las internas comenzaron a corear insultos, incitando a la violencia. Paula, manteniendo una calma fría que desconcertaba a sus rivales, se levantó lentamente y se giró para enfrentar a su agresora. No había miedo en sus ojos, solo una determinación de hierro.
Olga lanzó un puñetazo directo al rostro de Paula. Sin embargo, la joven reaccionó con una rapidez asombrosa: bloqueó el golpe con el antebrazo y contraatacó con un directo preciso a la mandíbula de la veterana. Olga se tambaleó, rugiendo de frustración, e intentó abalanzarse sobre ella para derribarla por el peso. Fue su mayor error. Paula aprovechó la inercia, sujetó a su oponente por los hombros y le propinó un rodillazo demoledor en el estómago.
El impacto dejó a Olga doblada en el suelo, jadeando por aire. Sin pronunciar una sola palabra, Paula la miró con desdén, se acomodó la ropa deportiva de la prisión, volvió a sentarse en su mesa y continuó comiendo su rancho bajo la mirada atónita de todo el pabellón.
”Sin pronunciar una sola palabra, Paula la miró con desdén, se acomodó la ropa deportiva de la prisión, volvió a sentarse en su mesa y con…