Secretos de familia · Historia

Acorralados en la nieve: el secreto de mi hermano que desató una cacería familiar

Acorralados en la nieve: el secreto de mi hermano que desató una cacería familiar — Parte 1
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Acorralados bajo la nieve de Burgos

El invierno en Burgos no tenía piedad, pero el frío que calaba los huesos de Nora no se debía a la ventisca. Corriendo desesperadamente por las estrechas calles empedradas, su respiración formaba densas nubes blancas en el aire helado. Llevaba su abrigo de plumas negro bien ceñido, pero el pánico le impedía sentir cualquier tipo de calidez. Unos metros por delante, su hermano menor, Lucas, huía con el rostro desencajado por el terror. Su chaqueta deportiva de color azul turquesa, con el escudo del instituto San José bordado en el pecho, destacaba de forma trágica contra el blanco inmaculado de la nieve.

De repente, el chirrido de unos neumáticos rompió el silencio sepulcral de la tarde. Una furgoneta de reparto blanca derrapó bruscamente sobre una placa de hielo, bloqueando el acceso al callejón lateral. Un hombre asomó la cabeza por la ventanilla, gritando con una voz ronca que heló la sangre de Nora:

Acorralados en la nieve: el secreto de mi hermano que desató una cacería familiar
—¡Eh! ¡No! ¡Por ahí no!

Nora intentó esquivar el vehículo, pero sus botas perdieron tracción sobre el asfalto congelado. Con un grito ahogado, resbaló y cayó pesadamente sobre el suelo cubierto de escarcha. El impacto le recorrió la columna, pero su mirada se mantuvo fija en la esquina donde su hermano acababa de adentrarse. Al levantar la cabeza, el pánico se multiplicó. Por la calzada principal, avanzando con paso firme y amenazador, aparecieron cuatro figuras.

Al frente del grupo caminaba Morgana, un conocido y temido cobrador local que vestía una cazadora de aviador de cuero marrón y un gorro de lana negro. Su rostro, curtido por los inviernos de la meseta, no mostraba un ápice de compasión. Detrás de él, sus secuaces escudriñaban cada portal.

—Está aquí —señaló uno de ellos, apuntando con el dedo hacia el callejón sin salida de ladrillo rojo.
—Seguid avanzando —ordenó Morgana con voz seca y autoritaria.

Al final de la callejuela, Lucas se encontraba atrapado. Con la espalda pegada a la fría pared de ladrillos, el joven de dieciséis años temblaba descontroladamente, con los ojos abiertos de par en par, mientras susurraba un ruego desesperado al viento helado.

Con la espalda pegada a la fría pared de ladrillos, el joven de dieciséis años temblaba descontroladamente, con los ojos abiertos de par…