Buscaba chatarra en el desguace y acabó descubriendo el peor secreto de su familia
Anteriormente: Aitana trabajaba en el desguace familiar buscando piezas cuando un ruido extraño la llevó hasta una caja de madera atada con cuerdas. Lo que encontró dentro cambiaría su vida para siempre.
El secreto revelado
El impacto contra la madera hizo que Aitana diera un salto hacia atrás, ahogando un grito de puro terror. Sin embargo, el miedo dio paso rápidamente a una determinación feroz. Buscó desesperadamente a su alrededor hasta que sus manos encontraron una barra de metal afilada en el suelo. Usando toda su fuerza, introdujo la punta entre las tablas de la caja y empujó con el alma. La madera crujió con un lamento seco antes de ceder, revelando un espacio angosto y oscuro.
Al retirar la primera tabla, la luz del sol iluminó el interior de la caja. Aitana sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Allí dentro, amordazada, con las muñecas atadas y los ojos inyectados en sangre por el llanto, se encontraba su hermana menor, Sofía. Había desaparecido hacía tres días y toda la familia la buscaba desesperadamente. Con manos temblorosas, Aitana le quitó la mordaza y comenzó a cortar las cuerdas que la aprisionaban.

—¡Sofía! Dios mío, ¿qué te han hecho? —exclamó Aitana, abrazando a su hermana deshidratada y temblorosa.
—Aitana... tienes que huir... —consiguió articular Sofía con un hilo de voz—. Él va a volver. El tío Ramón... él me encerró aquí. Descubrí que usa el desguace para ocultar coches robados de una red de contrabando. Iba a venderme a sus socios para callarme.
Las palabras de Sofía cayeron como una losa de cemento sobre Aitana. Su tío Ramón, el hombre que las había acogido tras la muerte de sus padres, el que fingía llorar por la desaparición de su sobrina, era en realidad un monstruo. Antes de que pudieran levantarse para huir, una silueta imponente bloqueó la entrada del cobertizo, recortándose contra la intensa luz del exterior.
Era el tío Ramón. En su mano derecha sostenía una pesada llave inglesa, y su rostro, habitualmente jovial, mostraba una frialdad gélida que helaba la sangre. Cerró la puerta de metal detrás de él, sumiendo el taller en una penumbra asfixiante.
—Vaya, Aitana. Siempre fuiste demasiado lista para tu propio bien —dijo Ramón con una sonrisa cínica—. Ahora tengo dos problemas que resolver.
”Ahora tengo dos problemas que resolver.