Segundas oportunidades · Ficción breve

Defendí a una anciana indefensa en prisión sin saber quién era realmente

Defendí a una anciana indefensa en prisión sin saber quién era realmente — Parte 1
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Tensión en las cocinas de Cruz del Sur

El ambiente en la cocina industrial de la prisión de Cruz del Sur siempre era asfixiante, pero aquella tarde el aire parecía cargado de una electricidad peligrosa. El vapor denso de las ollas gigantes de sopa se mezclaba con el zumbido constante de las luces fluorescentes parpadeantes, creando una atmósfera casi irreal. Entre el tintineo de las bandejas metálicas y los susurros de las reclusas, un drama silencioso estaba a punto de estallar.

Berenice, una reclusa corpulenta conocida por su crueldad y su dominio absoluto sobre el pabellón, tenía acorralada a Constanza. La anciana, cuya única falta era ser demasiado frágil para sobrevivir en ese infierno, temblaba mientras Berenice la empujaba peligrosamente hacia una de las ollas de caldo hirviendo. Las demás reclusas apartaron la mirada, intimidadas por la reputación de la agresora. Nadie quería convertirse en su próximo objetivo.

Defendí a una anciana indefensa en prisión sin saber quién era realmente

Fue en ese instante cuando Estefanía, una joven de complexión atlética y mirada decidida, intervino. Estefanía no soportaba las injusticias; sus tatuajes en las muñecas eran testigos de un pasado difícil, pero también de una fuerza inquebrantable. Al ver que Berenice levantaba el brazo para empujar definitivamente a la anciana al agua hirviendo, Estefanía corrió sin pensarlo dos veces.

—¡Déjala en paz, Berenice! —gritó Estefanía, interponiéndose con agilidad felina entre la anciana y la agresora.

Berenice, enfurecida por la interrupción, lanzó un violento puñetazo directo al rostro de Estefanía. Sin embargo, la joven reclusa demostró una destreza asombrosa. Bloqueó el impacto con precisión, esquivó un segundo golpe y contraatacó con una serie rápida y devastadora de golpes en el pecho de la gigante. Berenice perdió el equilibrio y cayó pesadamente sobre el frío suelo de cemento, completamente desarmada.

Estefanía se paró sobre ella, colocando su zapatilla blanca sobre el pecho de la derrotada bully. Con una mirada de hielo y una voz que no admitía réplica, sentenció:

—Que no vuelva a verte acosándola. Si la tocas, te las verás conmigo.

Con una mirada de hielo y una voz que no admitía réplica, sentenció:—Que no vuelva a verte acosándola. Si la tocas, te las verás conmigo.