Descubrió a su esposa embarazada llorando en la cocina y tomó una decisión radical
El aire en el lujoso piso del barrio de Salamanca estaba cargado del aroma a perfumes caros y risas superficiales. Era el septuagésimo cumpleaños de Doña Carmen, la matriarca de una de las familias más influyentes de la ciudad. Sin embargo, para Iker, la celebración carecía de sentido sin la presencia de su esposa. Con paso inquieto, el joven de treinta y cuatro años recorría el amplio salón decorado con obras de arte contemporáneo, buscando desesperadamente entre la multitud de invitados vestidos de etiqueta.
—¿Dónde está Emilia? —preguntó Iker, deteniéndose frente a su hermana Nerea, quien descansaba cómodamente en el sofá de diseño, saboreando un delicado pastel de hojaldre.

Nerea apenas levantó la vista, mostrando una sonrisa que rozaba la indiferencia absoluta.
—En la cocina —respondió con desdén, antes de volver a concentrarse en su postre.
Un presentimiento amargo invadió el pecho de Iker. Caminó a paso rápido por el pasillo de parqué pulido hasta llegar al umbral de la cocina. Lo que vio al detenerse lo dejó paralizado, con un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
Allí estaba Emilia. Con ocho meses de embarazo, vistiendo un sencillo cárdigan de punto azul marino que contrastaba con la opulencia del lugar, se encontraba encorvada sobre el fregadero de mármol. Sus hombros se sacudían levemente mientras lavaba una pila interminable de copas de cristal. Lloraba en un silencio absoluto, intentando contener el llanto para no llamar la atención, mientras las lágrimas se mezclaban con el agua jabonosa.
Iker dio un paso tembloroso hacia ella, con el corazón roto ante semejante escena de vulnerabilidad.
—Emilia —susurró con una mezcla de ternura y profunda preocupación.
Antes de que ella pudiera volverse y ocultar su rostro empapado, la estridente voz de su cuñada resonó con autoridad desde el comedor contiguo, rompiendo la intimidad del momento.
—¡Emilia, date prisa con esos platos y trae hielo!
En ese instante, la tristeza en el rostro de Iker se evaporó, dejando paso a una furia fría y decidida que tensó cada músculo de su mandíbula.
”Lloraba en un silencio absoluto, intentando contener el llanto para no llamar la atención, mientras las lágrimas se mezclaban con el agua…