Secretos de familia · Historia

Destrocé el ataúd de mi hermana porque sabía que estaba viva

Destrocé el ataúd de mi hermana porque sabía que estaba viva — Parte 1
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El clamor del hacha

El aire en la capilla del tanatorio de San José era denso, impregnado de un olor a cera y lirios que resultaba casi asfixiante. Los murmullos de los asistentes se mezclaban con el eco de los sollozos contenidos de Marta, quien permanecía en primera fila con un vestido negro impecable. Frente a ella, el ataúd de madera blanca de Lucía descansaba bajo una luz tenue, rodeado de coronas fúnebres que parecían sellar un destino trágico e inevitable. Nadie en aquella sala elegante sospechaba la tormenta que estaba a punto de desatarse.

De repente, las pesadas puertas de roble de la capilla se abrieron de par en par con un estruendo que hizo estremecer a los presentes. Inés irrumpió en el recinto. Llevaba el uniforme gris de la prisión provincial, su cabello rubio recogido en una coleta desaliñada y, en sus manos, sostenía un hacha de bombero que brillaba con una fría amenaza. La multitud retrocedió horrorizada, abriendo un pasillo involuntario ante la desesperación de la recién llegada.

Destrocé el ataúd de mi hermana porque sabía que estaba viva
¡Espera! ¡No la entierren!

Gritó Inés con una voz desgarrada por el dolor. Antes de que nadie pudiera reaccionar, levantó el hacha y la descargó con una fuerza descomunal sobre la tapa lacada del ataúd. El crujido de la madera astillándose resonó como un disparo en la capilla. Marta se llevó las manos al rostro con un grito ahogado, mientras Javier, con el semblante desfigurado por la rabia, avanzaba hacia Inés.

¡¿Te has vuelto loco?! ¡¿Qué estás haciendo?!

Gritó Javier, intentando arrebatarle el hacha. Pero Inés se aferró al ataúd roto, llorando histéricamente mientras miraba el rostro pálido de su hermana melliza. "¡No está muerta! ¡La oí!", sollozó desesperada. El caos parecía absoluto, hasta que un golpe sordo, un eco rítmico y hueco, resonó desde el interior de la madera astillada. Javier se congeló, sus ojos se abrieron desmesuradamente y susurró con incredulidad: "¿Has oído eso?".

Javier se congeló, sus ojos se abrieron desmesuradamente y susurró con incredulidad: "¿Has oído eso?".