Dividió una sola hamburguesa para sus hijos, sin saber quién la observaba
Un cumpleaños marcado por la escasez
El tintineo de la campana al entrar en aquella cafetería de carretera resonó como una sentencia para Catalina. Con el corazón en un puño y las manos metidas en los bolsillos de su desgastada chaqueta roja, miró a sus dos hijos. Esteban, que hoy cumplía ocho años, saltaba de alegría ajeno a la tormenta que asolaba su hogar. Claudia, de diez, mantenía una madurez silenciosa, apretando la mano de su madre con una fuerza que desbordaba comprensión.
Catalina se acercó al mostrador con las pocas monedas que había logrado rescatar del fondo de su monedero. No había suficiente para tres menús, ni siquiera para dos. Con la voz quebrada, pidió una sola hamburguesa sencilla y un vaso de agua. Al sentarse en una de las cabinas iluminadas por los fluorescentes del local, sacó un cuchillo de plástico y, con precisión casi quirúrgica, dividió la carne y el pan en dos partes exactas.

—Mamá, ¿y tú? —preguntó Esteban, deteniendo su mano antes de dar el primer bocado.
Catalina sintió un nudo asfixiante en la garganta. Forzó una sonrisa cálida, de esas que solo las madres son capaces de inventar en mitad del naufragio, y empujó los platos hacia ellos.
—Ya comí antes, mi amor. Todavía estoy muy llena —mintió, bebiendo un sorbo de agua para calmar el rugido de su propio estómago, que llevaba dos días vacío.
Al otro lado del local, Tomás, un hombre de negocios elegantemente vestido, observaba la escena. Su mirada, inicialmente distraída, se clavó en las manos temblorosas de la mujer y en la generosidad de su mentira. Sintiendo un vuelco en el corazón, susurró para sí mismo con profunda indignación ante la injusticia de la vida:
—¿Ella no ha comido nada?
Sin pensarlo dos veces, Tomás se levantó y se dirigió al mostrador para cambiar el destino de esa tarde.
”Sintiendo un vuelco en el corazón, susurró para sí mismo con profunda indignación ante la injusticia de la vida:—¿Ella no ha comido nada?…