El ataúd de mi hermano comenzó a moverse y descubrí el peor secreto de mi familia
El crujido que detuvo el tiempo
El aire en la funeraria San Jude estaba impregnado del aroma empalagoso de los lirios blancos y el frío estéril del aire acondicionado. En el centro de la sala, rodeado de coronas fúnebres, descansaba el ataúd de madera lacada donde supuestamente yacía mi hermano menor, Mateo. Mi padrastro, Tomás, permanecía de pie junto al féretro, impecable en su traje azul, con una expresión de calculada solemnidad que a mí me revolvía el estómago. A su lado, mi madre, Sara, parecía una sombra consumida por el dolor y los sedantes bajo su chal oscuro.
De repente, las puertas de la sala se abrieron de golpe. Entré jadeando, con la mirada desorbitada y un hacha de emergencia que había arrancado del pasillo exterior apretada entre mis manos. Los murmullos horrorizados de los presentes no me detuvieron. Con el corazón latiendo en la garganta, me acerqué al ataúd y levanté el hacha con todas mis fuerzas, descargándola sobre la tapa de madera pulida.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Te has vuelto loca?! —bramó Tomás, con los ojos desorbitados por la furia mientras intentaba abalanzarse sobre mí.
El impacto del hacha abrió una profunda grieta en la madera. Me desplomé sobre mis rodillas, abrazando el féretro agrietado, sollozando con una desesperación que me desgarraba el pecho. «¡Él no está muerto! ¡Lo sé!», grité con el hilo de voz que me quedaba. Fue en ese milisegundo de silencio absoluto cuando todos los presentes lo escucharon: un débil, pero constante golpeteo que provenía del interior de la madera.
Sara se cubrió la boca con las manos, cayendo de rodillas en un estado de shock absoluto, mientras Tomás retrocedía un paso, con el rostro completamente pálido y desencajado. El pánico en sus ojos confirmó mi peor sospecha: mi hermano estaba siendo enterrado vivo.
”El pánico en sus ojos confirmó mi peor sospecha: mi hermano estaba siendo enterrado vivo.