El Coronel Olvidado Regresa Para Cobrar Lo Que Es Suyo
El Regreso del Fundador
El Le Grand Monarque, un santuario de opulencia en el corazón de la ciudad, se alzaba imponente contra la tormenta nocturna. Dentro de su comedor privado, el aire olía a caoba pulida y a la promesa de cenas exclusivas. Los candelabros de cristal esparcían destellos prismáticos sobre las mesas, reflejándose en la plata reluciente de la cubertería. Pero la verdadera escena se desarrollaba junto a los ventanales panorámicos, donde la lluvia torrencial pintaba un cuadro de luces de neón borrosas y reflejos danzantes.
Allí estaba el Coronel Jack Morrison, un hombre que llevaba la guerra grabada en el rostro en forma de cicatrices y canas. A sus 76 años, su postura militar era inquebrantable, un testamento a una vida de disciplina y servicio. Vestía una chaqueta de campaña desgastada, un recordatorio de batallas pasadas, sobre un suéter raído. A su lado, Antoine, el maître, un hombre de 42 años cuya impecable elegancia solo era superada por su palpable arrogancia, se acercó de forma invasiva.

«Los mendigos no pertenecen al salón del penthouse, anciano. Fuera antes de que seguridad te baje a rastras.»
Las palabras de Antoine cayeron como gotas heladas sobre el coronel. Jack permaneció en silencio, sus ojos azul acero fijos en el hombre que osaba insultarlo. La mandíbula apretada, la cicatriz en su sien palpitando bajo la luz fría del restaurante. No había ira en su mirada, solo la profunda calma de quien ha enfrentado peligros mucho mayores que un maître engreído.
El sonido de la lluvia contra el cristal era el único testigo de la tensión. Antoine, acostumbrado a la sumisión, se impacientaba ante la imperturbable presencia del coronel. No sabía que estaba a punto de desatar una tormenta mucho mayor que la que azotaba la ciudad.
”No sabía que estaba a punto de desatar una tormenta mucho mayor que la que azotaba la ciudad.