Venganza · Ficción breve

El día que decidí no callarme más y enfrentar a mi peor enemiga

El día que decidí no callarme más y enfrentar a mi peor enemiga — Parte 1
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El calor en el patio de la prisión provincial de Alicante era sofocante, pero el verdadero infierno no venía del sol, sino de las personas que compartían ese espacio de hormigón. Vanesa, vestida con el desgastado chándal gris reglamentario, caminaba con la mirada fija en el suelo, intentando pasar desapercibida. Sin embargo, en un lugar gobernado por el miedo, la debilidad es un faro para los depredadores. De la nada, una bota pesada se interpuso en su camino. Fue Berta, la reclusa que controlaba el pabellón femenino con puño de hierro y la complicidad de las sombras.

La caída en el cemento

Vanesa cayó de bruces contra el áspero suelo. El impacto le arrancó el aire de los pulmones y la grava le rasgó las palmas de las manos. El eco de una risa cruel resonó de inmediato. No venía de otra interna, sino de Raquel, la oficial de guardia encargada de mantener el orden. Con una actitud perezosa y una sonrisa burlona, Raquel se limitó a gritar un desganado «¡Ya basta!» que sonaba más a burla que a una orden real. Todos en el patio sabían que Raquel estaba en nómina de Berta, recibiendo sobornos para mirar hacia otro lado mientras se cometían todo tipo de abusos.

El día que decidí no callarme más y enfrentar a mi peor enemiga

Pero ese día, algo se rompió dentro de Vanesa. El dolor físico se transformó en una corriente de adrenalina pura. Lentamente, se apoyó en un banco de metal, levantándose con una dignidad que desconcertó a los presentes. No bajó la cabeza. En lugar de retroceder, caminó decidida hacia Berta. La gigante rubia sonrió, confiada en su superioridad física, y lanzó un puñetazo directo a la mandíbula de Vanesa. Pero la desesperación agudiza los reflejos. Vanesa esquivó el golpe con un movimiento ágil y, antes de que Berta pudiera recuperar el equilibrio, le asestó una demoledora combinación de golpes en las costillas y el rostro. Berta retrocedió tambaleándose, con la nariz ensangrentada y la incredulidad pintada en la cara. Vanesa simplemente se dio la vuelta y se alejó, dejando claro que el juego había cambiado.

Vanesa simplemente se dio la vuelta y se alejó, dejando claro que el juego había cambiado.