Venganza · Historia

El día que defendí a una anciana en prisión cambió mi destino para siempre

El día que defendí a una anciana en prisión cambió mi destino para siempre — Parte 2
Imagen del vídeo original

Anteriormente: Elena soportaba en silencio los abusos en prisión, pero cuando la matona del patio atacó a Clara, la anciana que la cuidaba, decidió que era hora de desatar su furia.

El precio de la resistencia

Elena se abalancó sobre Begoña como un animal herido, derribándola antes de que la matona pudiera reaccionar. Rodaron por el asfalto mojado entre gritos de las reclusas y el sonar estridente de las alarmas del penal. Elena logró presionar la manguera contra el cuello de Begoña, haciéndole tragar el agua helada que antes usaba para humillar. Fue necesaria la intervención de cuatro guardias armados para separarlas y arrastrar a Elena directamente a las celdas de aislamiento.

Pasaron tres días interminables de oscuridad y frío absoluto. En su celda de castigo, Elena solo podía pensar en Clara. Sabía que la anciana era vulnerable y que Begoña no olvidaría la afrenta del patio. Cuando finalmente la dejaron regresar al módulo común, sus peores temores se materializaron: la litera de Clara estaba vacía y sus escasas pertenencias, pisoteadas en el suelo.

El día que defendí a una anciana en prisión cambió mi destino para siempre

Una interna asustada se le acercó en el comedor y le susurró las palabras que le helaron la sangre: Begoña y sus secuaces se habían llevado a Clara a las duchas viejas, la única zona del módulo donde las cámaras de seguridad no funcionaban debido a las constantes filtraciones de agua.

Elena corrió sin importarle las consecuencias, sorteando los pasillos de hormigón hasta llegar a la vieja estructura de azulejos rotos. Al empujar la pesada puerta de hierro, la escena que encontró fue devastadora. Clara estaba de rodillas, temblando bajo el goteo constante del techo, mientras Begoña sostenía un trozo de metal afilado a escasos centímetros de su rostro.

—Te estábamos esperando, reina —dijo Begoña con una sonrisa sádica—. Si das un solo paso más, la vieja pagará muy caro tu atrevimiento en el patio.

Elena se detuvo en seco, midiendo la situación. Estaba rodeada por cuatro mujeres decididas a destruirla, pero su mente trabajaba a toda velocidad. Sabía que la fuerza física no bastaría esta vez; tenía que usar la información que poseía.

Sabía que la fuerza física no bastaría esta vez; tenía que usar la información que poseía.