El disparo perfecto de una desconocida que hizo temblar al general más poderoso
Anteriormente: Sara se presentó en la academia militar con un fusil destrozado y una vieja insignia de latón. Nadie imaginaba que su puntería revelaría el secreto más oscuro del implacable General Maier.
La tensión en el campo de tiro era insoportable. Bajo las órdenes directas de un Maier visiblemente perturbado, dos guardias armados escoltaron a Sara hasta el edificio de la comandancia. Martín y los demás reclutas contemplaron la escena en absoluto silencio, sin comprender cómo una simple novata había logrado desestabilizar al hombre más poderoso de la base.
Una vez dentro del despacho privado de la comandancia, las puertas se cerraron de golpe. El General Maier se situó detrás de su imponente escritorio de roble, tratando de recuperar su habitual máscara de frialdad militar. Sobre la mesa descansaba la insignia de latón que los guardias le habían confiscado a la joven.

El regreso de los fantasmas del pasado
—¿De dónde has sacado esta insignia? —preguntó Maier, con un tono de voz que pretendía ser autoritario, pero que delataba un ligero temblor—. Esta es una condecoración de una unidad disuelta hace una década. No deberías tenerla.
—Sabe perfectamente de quién era, General —respondió Sara, manteniéndose firme y mirándolo directamente a los ojos—. Pertenecía al Sargento Manuel Torres. El hombre al que usted abandonó a su suerte en la frontera para poder atribuirse el mérito de una misión que casi le cuesta la vida a todo su pelotón.
Maier palideció, pero inmediatamente soltó una carcajada amarga y fría, intentando ocultar su nerviosismo.
—Tu padre era un soldado insubordinado que cometió un error fatal. Su expediente está cerrado y sellado bajo secreto de estado. Nadie creerá la palabra de una recluta huérfana y resentida contra la de un héroe de guerra condecorado por el mismísimo Ministerio de Defensa.
Con un movimiento rápido y desesperado, Maier abrió el cajón de su escritorio y extrajo un arma reglamentaria, apuntando directamente al pecho de Sara. El rostro del general reflejaba la locura de un hombre acorralado que estaba dispuesto a todo para proteger su legado de mentiras.
—Este asunto termina hoy aquí, muchacha —susurró con voz gélida—. Un trágico accidente en la armería resolverá este malentendido para siempre.
Sin embargo, Sara no mostró ni un ápice de temor. Una sonrisa sutil apareció en sus labios, desconcertando por completo al oficial.
”Una sonrisa sutil apareció en sus labios, desconcertando por completo al oficial.