Traición · Historia

El gigante que me salvó de una noche de terror en la carretera

El gigante que me salvó de una noche de terror en la carretera — Parte 2
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Anteriormente: Bajo una tormenta implacable, Lucía busca refugio en una cafetería de carretera. Perseguida por el hombre en quien confiaba, su única esperanza reside en un rudo grupo de moteros.

La sombra del traidor

La puerta de la cafetería se abrió de golpe, permitiendo que una ráfaga de aire frío y lluvia invadiera el local. Tres hombres corpulentos, vestidos con abrigos oscuros, entraron con paso firme. Su líder, un tipo de mirada desalmada llamado Marcos, se detuvo al ver la barrera de moteros que protegía a Lucía. Sin embargo, no pareció intimidarse del todo. Avanzó un paso, metiendo la mano derecha en el bolsillo de su abrigo.

—Entréganos a la chica, abuelo. Esto no es de tu incumbencia. Viene con nosotros por las buenas o por las malas —dijo Marcos con una sonrisa fría.

Jairo ni siquiera pestañeó. Dio un paso adelante, haciendo que su enorme sombra cubriera casi por completo al agresor.

El gigante que me salvó de una noche de terror en la carretera
—En mi establecimiento no se toca a nadie que haya pedido asilo. Si queréis problemas, habéis venido al lugar indicado —respondió Jairo, cruzando sus brazos cubiertos de tatuajes.

La tensión en el aire era insoportable. En ese momento, la puerta volvió a abrirse, revelando a Carlos, el prometido de Lucía. Entró con paso arrogante, sosteniendo un fajo de documentos legales. Sus ojos brillaban con una codicia desesperada.

—¡Lucía! Déjate de tonterías y ven aquí —gritó Carlos, ignorando la advertencia de los moteros—. He firmado un acuerdo de fianza con estos señores. Tu familia me debe dinero, y tú eres la única garantía de pago que les queda. Todo es perfectamente legal.

Lucía sintió que el mundo se derrumbaba. Carlos la había traicionado de la peor manera imaginable, falsificando su firma para saldar sus deudas de juego con mafiosos locales. El cobarde pretendía entregarla como si fuera un objeto de valor.

—¡Eres un monstruo, Carlos! —gritó Lucía desde atrás, con lágrimas de rabia corriendo por sus mejillas.

Carlos extendió el papel hacia Jairo con prepotencia, esperando que la supuesta legalidad del documento hiciera retroceder a los moteros. Jairo tomó el papel, leyéndolo con una calma que descolocó a todos en la cafetería.

Jairo tomó el papel, leyéndolo con una calma que descolocó a todos en la cafetería.