Traición · Historia

El guardia corrupto que intentó destruirme en prisión no esperaba mi última carta

El guardia corrupto que intentó destruirme en prisión no esperaba mi última carta — Parte 1
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El patio de los secretos

El sol de justicia de Madrid caía plomizo sobre el patio de cemento de la prisión. Rebeca, con sus brazos cubiertos de tatuajes que narraban una vida de resistencia, se apoyaba contra la valla metálica. El ruido de los eslabones templados por el calor era el único sonido que competía con el murmullo tenso de las demás reclusas. Ella sabía que la calma no duraría. Su sola presencia en Cruz del Sur era una amenaza para los de arriba, y no tardarían en intentar apagar su voz.

Sus sospechas se confirmaron cuando la imponente figura del oficial Torres cruzó el patio. Torres, un hombre robusto de mirada turbia, no venía solo. Lo escoltaba Dolores, una reclusa enorme utilizada por la administración para amedrentar a las voces disidentes. El aire se volvió irrespirable en un segundo.

El guardia corrupto que intentó destruirme en prisión no esperaba mi última carta
—Quítatelos. Ahora —ladró Torres, deteniéndose a escasos centímetros de Rebeca. Se refería a los pequeños pendientes de plata que adornaban sus lóbulos, un regalo de su madre que cumplía estrictamente con el reglamento de la prisión.

Rebeca ni siquiera pestañeó. Su silencio y su mirada gélida enfurecieron al oficial, quien vio su autoridad cuestionada frente a decenas de testigos. Torres dio un paso al frente, con las venas del cuello a punto de estallar.

—Venga, inténtalo —desafió el guardia antes de abalanzarse sobre ella con violencia.

Pero subestimó la velocidad de Rebeca. En un movimiento felino, ella esquivó el agarre y lanzó un directo de derecha que impactó de lleno en la mandíbula de Torres, enviándolo al suelo de hormigón. El patio estalló en gritos.

—¡Bájale la cabeza! ¡Vamos, Dolores! —bramó una interna desde el fondo.

Dolores cargó con todo su peso, atrapando a Rebeca por los hombros. Sin embargo, Rebeca mantuvo la cabeza fría. Aprovechando el propio impulso de su atacante, elevó la rodilla con una precisión quirúrgica directo al plexo solar de Dolores. La enorme mujer cayó de rodillas, jadeando por aire, mientras Rebeca permanecía de pie, serena y sin un solo rasguño.

La enorme mujer cayó de rodillas, jadeando por aire, mientras Rebeca permanecía de pie, serena y sin un solo rasguño.