Un empresario millonario compra toda la pastelería para salvar a dos hermanos hambrientos
Anteriormente: Tobías y su pequeña hermana buscaban un trozo de pan barato en una pastelería de lujo, pero la empleada los humilló. Lo que no esperaban era que un cliente misterioso cambiaría sus vidas para siempre.
Un descubrimiento del pasado
El misterioso salvador se presentó como Carlos Alarcón, un conocido empresario de la ciudad. Sentados en una mesa apartada de la pastelería, Tobías y Mía devoraban los cruasanes y el chocolate caliente bajo la atenta y compasiva mirada del hombre. Poco a poco, la calidez del lugar y la amabilidad de Carlos hicieron que Tobías se relajara y comenzara a relatar su triste historia.
Le explicó que su madre, Elena, había fallecido de una grave enfermedad hacía seis meses y que, desde entonces, habían quedado completamente desamparados. Para demostrar que no mentía, Tobías sacó del bolsillo interior de su chaqueta un pequeño relicario de plata desgastada con una fotografía de su madre.

Al ver el rostro de la mujer en la foto, Carlos se quedó paralizado. Su respiración se volvió errática y sus ojos se llenaron de lágrimas. Elena no era una desconocida para él; era la hija de su difunto socio y mejor amigo, quien había fallecido hacía un año dejando una inmensa fortuna familiar. Carlos había estado buscando a Elena y a sus hijos durante meses, pero el rastro se había perdido por completo debido a las mentiras de un tercero.
Ese tercero era Roberto, el codicioso padre de los niños, quien había abandonado a la familia años atrás. Roberto sabía que, si los niños aparecían, la mayor parte de la herencia del abuelo iría legalmente para ellos, dejándolo a él con las manos vacías. Por eso, había ocultado el fallecimiento de Elena y mantenido a los niños viviendo en la absoluta miseria, esperando que el tiempo corriera a su favor para reclamar la fortuna como único heredero vivo.
Carlos llamó de inmediato a su abogado personal. Sin embargo, la situación dio un giro dramático cuando, apenas veinte minutos después de llegar al despacho de Carlos, la puerta principal se abrió con violencia. Roberto, enterado por un soplo de que el albacea había encontrado a los niños, irrumpió en la oficina acompañado de dos abogados de dudosa reputación.
—Esos niños están bajo mi patria potestad —bramó Roberto, señalando con desprecio a sus propios hijos—. No tienes derecho a retenerlos, Alarcón. Si hay un testamento, yo soy quien debe administrar ese dinero.
”Si hay un testamento, yo soy quien debe administrar ese dinero.