Traición · Ficción breve

El llanto de mi esposa embarazada reveló la cruel traición de mi propia familia

El llanto de mi esposa embarazada reveló la cruel traición de mi propia familia — Parte 1
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La música suave y el murmullo de las risas llenaban el elegante piso en el centro de Madrid. Era una noche de celebración, pero para Enrique, la atmósfera se sentía extrañamente tensa. Acababa de llegar a casa tras una larga jornada de trabajo, todavía vistiendo su camisa granate. Al cruzar el umbral del salón, buscó con la mirada el rostro que más anhelaba ver. Sin embargo, entre la multitud de invitados enjoyados y copas de vino, ella no estaba por ningún lado.

Con una creciente sensación de ansiedad, Enrique se abrió paso entre la gente. Vio a su hermana Berta, cómodamente recostada en el sofá de diseño, comiendo uvas con total desapego.

El llanto de mi esposa embarazada reveló la cruel traición de mi propia familia
¿Dónde está Emilia?

preguntó él, con un tono que denotaba su preocupación.

Berta ni siquiera se dignó a mirarlo a los ojos. Con una sonrisa displicente, simplemente señaló con la cabeza hacia el pasillo trasero.

En la cocina

dijo con ligereza.

Enrique caminó con paso rápido por el pasillo, alejándose del ruido de la fiesta. Al llegar al umbral de la cocina, se detuvo en seco, y su corazón pareció detenerse. Frente al fregadero, iluminada por una luz tenue, estaba Emilia. Su esposa, embarazada de ocho meses, vestía una sencilla rebeca azul claro que apenas cubría su vientre pronunciado. Sus hombros temblaban. Estaba lavando una enorme pila de platos pesados mientras las lágrimas caían silenciosamente por sus mejillas.

El dolor y la culpa golpearon a Enrique con fuerza. Dio un paso hacia ella, extendiendo una mano temblorosa, y susurró con infinita ternura:

Emilia...

Pero antes de que Emilia pudiera girarse, una voz estridente y autoritaria rasgó el aire desde el salón. Era la madre de Enrique, doña Carmen, quien gritó con impaciencia:

¡Emilia, date prisa con esos platos y trae hielo!

En ese instante, la compasión en el rostro de Enrique se transformó en una ira fría y peligrosa. Sus mandíbulas se tensaron y sus puños se cerraron con fuerza.

Sus mandíbulas se tensaron y sus puños se cerraron con fuerza.