Traición · Ficción breve

El millonario que defendió a su sirvienta de la crueldad de su propia esposa

El millonario que defendió a su sirvienta de la crueldad de su propia esposa — Parte 1
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Una humillación imperdonable

El silencio de la lujosa mansión en las afueras de Madrid se vio interrumpido por el sonido metálico de la vajilla y un grito cargado de desprecio. En la cocina de diseño, un espacio de mármol y electrodomésticos de alta gama, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Florencia, una mujer de sesenta y ocho años con el rostro surcado por las arrugas del esfuerzo, se encontraba de rodillas sobre el frío suelo. Su clásico delantal negro estaba arrugado, y sus manos temblaban mientras intentaba recoger los restos de un plato roto.

Frente a ella, vestida con un impecable y costoso traje de chaqueta amarillo, se erguía Catalina. La joven y adinerada esposa del dueño de la casa miraba a la anciana con una mezcla de asco y superioridad. Sin previo aviso, Catalina tomó una botella de vino tinto que reposaba sobre la encimera y, con una sonrisa despiadada, comenzó a verter el líquido oscuro sobre la cabeza de Florencia. El vino tiñó sus canas y se deslizó por sus mejillas, confundiéndose con sus lágrimas de humillación.

El millonario que defendió a su sirvienta de la crueldad de su propia esposa
—¡Aprende a hacer bien tu trabajo, inútil! No sé para qué te pagamos —siseó Catalina, antes de lanzar una violenta patada al costado de la indefensa mujer.

Florencia se encogió en el suelo, sollozando de dolor físico y moral. Pero la crueldad de Catalina fue interrumpida de golpe. Enrique, el esposo de Catalina y dueño de la mansión, acababa de entrar por la puerta trasera. Al presenciar la escena, un torrente de ira pura recorrió sus venas. Sin pensarlo, agarró una pesada olla de cobre que estaba sobre la encimera y la arrojó con fuerza hacia Catalina, golpeándola en el hombro y desviando su atención.

Antes de que su esposa pudiera reaccionar, Enrique se abalanzó sobre ella, empujándola con una patada para alejarla de la anciana. La respiración de Enrique era agitada, sus ojos inyectados en sangre fijos en la mujer con la que se había casado. La violencia del choque dejó a Catalina sin aliento, frotándose el brazo herido mientras miraba a su esposo con absoluto shock.

La violencia del choque dejó a Catalina sin aliento, frotándose el brazo herido mientras miraba a su esposo con absoluto shock.