El millonario que intentó silenciar a su hijastra soldado cometió un grave error
Anteriormente: Tras sobrevivir a una explosión en el frente, la joven soldado Emilia regresa a España solo para descubrir que el verdadero enemigo la esperaba en casa, dispuesto a todo por dinero.
El verdadero rostro de la codicia
Tomás yacía en el suelo de la cubierta, jadeando por el impacto y con el traje gris cubierto de polvo. Con una mezcla de rabia e incredulidad, miró al policía que acababa de derribarlo. No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo en su propia embarcación privada, un espacio donde siempre se había sentido intocable.
—¡¿Te has vuelto loco?! —bramó Tomás, intentando incorporarse mientras se sujetaba el pecho—. ¡Te pago una fortuna para proteger mi seguridad, no para que me agredas! ¡Estás acabado, Ortega! ¡Te aseguro que mañana mismo estarás patrullando en el rincón más miserable del país!

El oficial Ortega no se inmutó ante las amenazas del magnate. Con una parsimonia exasperante, se quitó las gafas de aviador y las guardó en el bolsillo de su uniforme, revelando una mirada cargada de desprecio absoluto hacia el agresor. Luego, caminó hacia Emilia para asegurarse de que estaba bien, recibiendo de la joven un leve asentimiento de agradecimiento.
—Se equivoca en dos cosas, señor Tomás —declaró Ortega con voz firme y serena—. Primero, yo no trabajo para usted. Y segundo, este uniforme no es un disfraz de seguridad privada. Soy inspector de la Policía Nacional, y llevo tres meses siguiendo cada uno de sus movimientos financieros.
Tomás se quedó helado, con la boca entreabierta. La revelación cayó sobre él como un balde de agua helada. Emilia, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios, sonrió levemente. Todo había sido minuciosamente planeado. Tras sobrevivir milagrosamente al atentado en el extranjero, Emilia se había puesto en contacto con las autoridades españolas al sospechar que el ataque a su convoy no había sido una casualidad, sino un intento de asesinato financiado desde España.
—Pensaste que enviándome a una zona de conflicto te desharías de mí para siempre —dijo Emilia, con una frialdad que helaba la sangre—. Pero los soldados de este país no morimos tan fácilmente, Tomás. Y menos cuando tenemos una verdad por la que luchar.
Ortega sacó entonces un pequeño dispositivo de grabación que llevaba oculto en la insignia de su uniforme, el cual había capturado no solo la agresión física, sino también las amenazas previas de Tomás. El cerco se estaba cerrando sobre el codicioso padrastro, pero este aún guardaba una última y desesperada carta bajo la manga.
”El cerco se estaba cerrando sobre el codicioso padrastro, pero este aún guardaba una última y desesperada carta bajo la manga.