El misterioso hombre que me defendió del matón del instituto ocultaba un secreto
Un encuentro helado en el aparcamiento
El viento del norte soplaba con una fuerza inusual sobre el aparcamiento del Instituto San Juan, un edificio de ladrillo visto que parecía aún más gris bajo el cielo encapotado de aquella tarde gallega. Inés, con los dedos entumecidos por el frío, intentaba inútilmente mantener el equilibrio. Un segundo antes, su vida transcurría en la silenciosa rutina de una estudiante de bachillerato, pero ahora se encontraba de rodillas sobre el asfalto mojado, sintiendo cómo la humedad calaba a través de sus vaqueros gastados.
A su alrededor, una pequeña multitud de compañeros de clase observaba en un silencio cobarde. Nadie se atrevía a dar un paso al frente. El responsable de su caída, Lucas, permanecía de pie frente a ella, con una sonrisa de superioridad grabada en el rostro. Su chaqueta deportiva negra, adornada con el reluciente escudo del instituto, parecía otorgarle una impunidad absoluta. Lucas no era solo el chico popular; era el sobrino del director, un joven acostumbrado a que sus caprichos y crueldades fueran ignorados por el profesorado.

«¿Se te ha caído algo, Inés? A ver si aprendes a mirar por dónde caminas», se mofó Lucas, pateando uno de los libros de texto que yacían en el suelo.
Inés contuvo las lágrimas, sintiendo la rabia y la impotencia quemarle el pecho. Fue en ese instante de máxima humillación cuando la atmósfera cambió. Desde el fondo del aparcamiento, una figura solitaria avanzaba con paso firme. Era Agustín, el nuevo ayudante de mantenimiento. Vestido con una sudadera gris y una gorra marrón que ocultaba parte de su rostro barbudo, Agustín no parecía el tipo de hombre que buscaría problemas. Sin embargo, su determinación era evidente.
Con un movimiento rápido y decidido, Agustín se interpuso entre el agresor y la joven. Su imponente presencia física obligó a Lucas a dar un paso atrás. Agustín se inclinó ligeramente, quedando cara a cara con el muchacho, y pronunció unas palabras que resonaron con la fuerza de un trueno en el silencioso aparcamiento:
«¿Te crees muy duro? Métete con alguien que pueda plantarte cara».
”Métete con alguien que pueda plantarte cara».