Venganza · Historia

El motero insolente que humilló a un anciano sin saber quién era en realidad

El motero insolente que humilló a un anciano sin saber quién era en realidad — Parte 2
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Anteriormente: Un rudo motero decide divertirse a costa de un pacífico anciano en un bar de carretera, sin sospechar que su víctima oculta un poder inimaginable.

Las tornas cambian

La puerta del café se abrió de nuevo, pero esta vez no hubo risas ni estrépito. Entraron seis hombres corpulentos, vestidos con trajes oscuros impecables y auriculares de seguridad de última generación. Su sola presencia desprendía una disciplina militar absoluta. Al frente del grupo iba Alejandro, un hombre de hombros anchos y mirada de acero, quien se dirigió directamente hacia la mesa de Roberto sin prestar la menor atención a los moteros.

—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó Alejandro, inclinándose con profundo respeto.

Roberto asintió levemente con la cabeza, señalando con un sutil gesto de la mano la mancha de café en su traje y su bastón tirado en el suelo. Los acompañantes de Duke, al percatarse del calibre de los recién llegados, comenzaron a retroceder lentamente hacia la salida trasera, abandonando a su líder a su suerte en cuestión de segundos. Duke se quedó completamente solo, de pie en mitad del local, sintiendo cómo el frío de la realidad le recorría la espalda.

El motero insolente que humilló a un anciano sin saber quién era en realidad

Alejandro recogió el bastón con suma delicadeza, lo limpió con un pañuelo de seda y se lo entregó a Roberto. Luego, se giró despacio hacia Duke. La diferencia de estatura y, sobre todo, de autoridad moral era abrumadora. Duke, que hacía unos instantes se creía el rey de la carretera, parecía ahora un niño asustado atrapado en una travesura imperdonable.

—Este caballero es el fundador de la mayor corporación de seguridad privada del país —explicó Alejandro con una voz tan fría que helaba la sangre—. Y has cometido el peor error de tu miserable vida.

Duke tragó saliva, incapaz de articular palabra. Su arrogancia se había evaporado por completo, reemplazada por un terror absoluto al comprender que aquellos hombres armados y entrenados respondían únicamente a las órdenes del anciano que acababa de humillar. Roberto se levantó despacio, apoyándose en su bastón, y miró fijamente al tembloroso motero.

Roberto se levantó despacio, apoyándose en su bastón, y miró fijamente al tembloroso motero.