El niño de la sudadera rota que devolvió la memoria a su madre
El encuentro que lo cambió todo
El gran salón de baile de la mansión de los Aldama resplandecía bajo la luz de inmensos candelabros de cristal. Entre la opulencia, los trajes de etiqueta y los murmullos de la alta sociedad, Alicia se encontraba sentada en su silla de ruedas de terciopelo. Vestida con un elegante traje beige, observaba la fiesta con una mezcla de resignación y desconcierto. Desde su accidente de coche tres años atrás, su memoria era un lienzo en blanco, y su único anclaje al mundo real era Arturo, su prometido y protector.
De repente, el murmullo de la sala se interrumpió. Un niño de unos doce años, vestido con una sudadera verde azulada bastante desgastada y con el rostro manchado de polvo, esquivó a los guardias de seguridad y avanzó decidido hacia la joven mujer. Los invitados se apartaron, murmurando con desdén. Martín, con los ojos llenos de lágrimas, se detuvo frente a Alicia y la miró con una devoción desgarradora.

Por favor, déjame cogerte de la mano.
La voz del niño tembló, resonando con una familiaridad que hizo que el corazón de Alicia diera un vuelco. Sin embargo, antes de que pudiera procesar la extraña calidez que sintió en el pecho, Arturo intervino con brusquedad. Con su imponente traje gris oscuro, se interpuso entre ambos y empujó a Martín hacia atrás con frialdad.
Aléjate de ella. ¿Sabes siquiera quién es?
El niño retrocedió, pero no apartó la mirada de la mujer en la silla de ruedas. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras respondía con un hilo de voz que rompió el silencio del salón.
Creo que lo ha olvidado.
Alicia, ignorando las advertencias de su prometido, extendió su mano temblorosa hacia los dedos sucios del pequeño. Al rozarse, una corriente eléctrica la sacudió. El shock se reflejó en sus ojos claros.
Espera. ¿Por qué me resulta tan familiar?
Martín la miró con una sonrisa triste y respondió con la verdad que desataría la tormenta:
Porque antes tú cogías la mía.
”Martín la miró con una sonrisa triste y respondió con la verdad que desataría la tormenta: Porque antes tú cogías la mía.