El secreto de mi tatuaje me condenó, pero mi hermano arriesgó todo para salvarme
Anteriormente: Huyendo de un pasado oscuro, Elia pensó que estaba a salvo en aquel café de carretera. Pero un tatuaje al descubierto y un reencuentro inesperado cambiaron su destino para siempre.
La tensión en la cafetería alcanzó un punto de no retorno. Silas dio un paso al frente, con la mano apoyada en la empuñadura de una navaja automática que descansaba en su cinturón. Los otros dos miembros de la banda que se encontraban en la barra se posicionaron estratégicamente, bloqueando la salida principal. El aire se volvió espeso, cargado de una violencia inminente.
—¿Te has vuelto loco, Brock? —escupió Silas, con una sonrisa desprovista de toda calidez—. Esa chica es una traidora. Robó los registros del club y nos vendió. El jefe ha puesto precio a su cabeza, y tú, como sargento de armas, deberías ser el primero en querer verla bajo tierra. ¿Vas a tirar tu lealtad por la borda por una rata?

La lealtad de la sangre
Brock no retrocedió. Su agarre sobre el hombro de Elia se hizo aún más firme, sintiendo cómo la joven temblaba de miedo detrás de él. Sabía perfectamente cuáles eran las reglas no escritas de Los Cuervos de Acero, pero había una ley que él respetaba por encima de cualquier juramento criminal.
—Ella no es una rata, Silas. Es mi hermana —declaró Brock, con una voz que heló la sangre de los presentes—. Y antes de que alguien le ponga una mano encima, tendrá que pasar por encima de mi cadáver.
Silas soltó una carcajada amarga y desenvainó la navaja, cuya hoja brilló amenazante. Los otros moteros sacaron herramientas metálicas de sus chaquetas. Elia sabía que su hermano era un luchador formidable, pero enfrentarse a tres hombres armados en un espacio tan reducido era una misión suicida.
El primer asalto fue brutal. Silas se abalanzó sobre Brock con un movimiento rápido, buscando su costado. Brock esquivó el golpe con una agilidad sorprendente para su tamaño y respondió con un puñetazo directo que envió a Silas contra una de las mesas de madera, destrozándola en el acto. Sin embargo, los otros dos atacantes aprovecharon el momento para golpear a Brock por la espalda. Elia gritó, desesperada, al ver a su hermano tambalearse mientras la sangre comenzaba a manchar su chaleco.
”Elia gritó, desesperada, al ver a su hermano tambalearse mientras la sangre comenzaba a manchar su chaleco.