El secreto del coliseo y el príncipe perdido que todos daban por muerto
Anteriormente: Un joven huérfano con una cicatriz misteriosa entra a la arena de combate para salvar su vida, sin imaginar que el mismísimo rey reconocerá en su piel el trágico pasado de la corona.
La sangre de los reyes y la justicia divina
Con pulso tembloroso pero con una extraña paz en el alma, Lucas deslizó la hoja de plata sobre la palma de su mano. Una gota de sangre de un rojo intenso resbaló por su piel y cayó directamente sobre el intrincado relieve dorado del cofre sagrado. El silencio en el salón del trono era tan absoluto que se podía escuchar el latido de los corazones de los presentes. Durante un segundo que pareció una eternidad, nada ocurrió, y el visir Mateo ya se preparaba para ordenar el arresto del joven.
De repente, un suave clic metálico resonó en la estancia, seguido de un destello de luz dorada que emanó del interior del artefacto. La tapa del cofre se abrió suavemente por sí sola, revelando las joyas de la corona fundadora intactas y libres de cualquier trampa mortal. La prueba era indiscutible: Lucas era el príncipe Alejandro, el legítimo heredero que había sobrevivido milagrosamente al complot que años atrás intentó acabar con su vida.

Al ver su plan completamente desbaratado, el visir Mateo palideció e intentó retroceder hacia las sombras para escapar de la guardia real, pero el rey Felipe, recuperando la fuerza de sus años de gloria, ordenó su detención inmediata por alta traición. Se descubrió entonces que el propio visir había sido el autor intelectual del rapto del príncipe cuando este era solo un bebé, abandonándolo a su suerte en los suburbios con la esperanza de que el hambre hiciera el trabajo sucio.
El rey se acercó a su hijo y lo estrechó en un abrazo eterno, pidiendo perdón por los años de abandono involuntario. El joven esclavo que entró al coliseo para morir como entretenimiento de la plebe salió de allí convertido en el futuro gobernante de su pueblo.
Al final, el destino de un hombre no lo determinan las cadenas impuestas por sus enemigos, sino la verdad inquebrantable que lleva escrita en su propia sangre y que tarde o temprano reclama su lugar en la historia.


