Secretos de familia · Historia

Una niña huérfana interrumpe una gala de alta sociedad con un misterioso reloj de plata

Una niña huérfana interrumpe una gala de alta sociedad con un misterioso reloj de plata — Parte 1
Imagen del vídeo original

El misterio en el salón de baile

La suntuosa gala de la familia Alarcón se celebraba en el palacio más exclusivo de Madrid. Bajo los imponentes candelabros de cristal de Bohemia, la alta sociedad española brindaba con champán francés, ajena por completo al frío invernal que azotaba las calles. Entre la multitud de trajes de etiqueta y vestidos de alta costura, una pequeña silueta desentonaba de manera drástica. Era Lucía, una niña huérfana de apenas diez años, cuyas mejillas estaban manchadas de hollín y cuyo gastado abrigo de lana oscura parecía pesarle más que la vida misma.

Los murmullos no tardaron en propagarse como un reguero de pólvora a medida que la pequeña caminaba con paso tímido pero decidido por el pulido suelo de mármol. Al notar la perturbación, Elena, una elegante mujer rubia enfundada en un ceñido vestido de satén negro, se interpuso en su camino con una mirada cargada de desprecio. Para ella, la presencia de la niña era una ofensa personal a la reputación de la familia.

Una niña huérfana interrumpe una gala de alta sociedad con un misterioso reloj de plata
—Márchate, por favor —dijo Elena con una frialdad que helaba la sangre, haciendo un leve gesto con la mano para ahuyentarla como si fuera un insecto molesto.

Lucía se detuvo en seco, mirándola con una mezcla de confusión y temor. Sus labios temblaron ligeramente al pronunciar una sola sílaba de desconcierto:

—¿Eh? —murmuró la pequeña, retrocediendo un paso.

Sin embargo, en lugar de huir, la niña metió su pequeña y agrietada mano en el bolsillo de su abrigo. Con una reverencia casi sagrada, extrajo un antiguo reloj de bolsillo de plata labrada. Al abrirlo, reveló una fotografía envejecida por el tiempo, donde se apreciaba a una joven pareja sonriente en un campo de girasoles.

Al otro lado del salón, don Ricardo Alarcón, el respetado y severo patriarca de la dinastía, observaba la escena. Al ver el reloj plateado brillar bajo las luces doradas, su rostro se despojó de toda soberbia. Se puso en pie de un salto, derribando su copa de vino tinto que se derramó sobre el mantel blanco como si fuera sangre. Con la mano temblando sobre su pecho, donde ocultaba un reloj exactamente igual, exhaló un suspiro de puro terror.

—Imposible... —susurró Ricardo, con los ojos fijos en la pequeña intrusa.

—susurró Ricardo, con los ojos fijos en la pequeña intrusa.