Secretos de familia · Ficción breve

El secreto militar tras las lágrimas de Ana y la furia del general

El secreto militar tras las lágrimas de Ana y la furia del general — Parte 1
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El aula de tercer grado de la escuela concertada en las afueras de Madrid solía ser un lugar de risas y aprendizaje, pero esa tarde de otoño el ambiente estaba cargado de una tensión insoportable. En la última fila, la pequeña Ana, de apenas ocho años y con sus característicos cabellos dorados desordenados, lloraba en silencio. Entre sus manos temblorosas sostenía un viejo portarretratos de madera que contenía la fotografía de un soldado sonriente. Era su padre, a quien no veía desde hacía tres largos años.

La furia de la maestra

La señora Navarro, la tutora de la clase, vestía su habitual suéter marrón y observaba a la niña con una frialdad que no correspondía a su profesión. Los rumores decían que la docente ocultaba un pasado amargo, pero nadie esperaba que descargara su frustración contra una huérfana de guerra. Con paso firme, la mujer se acercó al pupitre de Ana y, sin mediar palabra, descargó un puñetazo tan colosal y cargado de odio sobre la mesa de madera que el mueble terminó partiéndose a la mitad con un crujido seco que aterrorizó a los demás alumnos.

El secreto militar tras las lágrimas de Ana y la furia del general
—¡Te he dicho mil veces que en mi clase no quiero propaganda de asesinos! —gritó la señora Navarro, con el rostro desencajado por la ira.

Pero antes de que la maestra pudiera arrebatarle el portarretratos a la niña, la pesada puerta de madera del aula se abrió de golpe de un solo puntapié. La figura imponente del general Romero, un veterano de la milicia española ataviado con su impecable uniforme azul de gala, irrumpió en el aula. Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en la docente. Sin perder un segundo, el general avanzó y, con un movimiento rápido y certero, golpeó a la señora Navarro, enviándola directamente al suelo de terrazo, donde quedó jadeando de dolor. Acto seguido, el imponente militar se arrodilló frente a Ana, rodeándola con sus brazos y susurrándole palabras de consuelo.

Acto seguido, el imponente militar se arrodilló frente a Ana, rodeándola con sus brazos y susurrándole palabras de consuelo.