El secreto oculto en el reloj de mi esposo destruyó veinte años de mentiras
Anteriormente: Elena acude a un campo de tiro buscando respuestas sobre su difunto esposo. Pero cuando un viejo conocido ve el misterioso reloj en su muñeca, un secreto oscuro de hace veinte años sale a la luz.
La sombra de una traición
La tensión en el páramo se volvió asfixiante. Elena soltó el fusil con cuidado, pero no apartó la mirada de los ojos del coronel Hernández. Lucas dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre su madre y el militar retirado, cuyos dedos aún temblaban de rabia y desconcierto.
—Le pertenecía a mi esposo, Diego —respondió Elena, con una voz tan fría como el acero—. El mismo hombre al que usted acusó de traición hace veinte años antes de que su barco desapareciera en el norte.
Hernández retrocedió un paso, visiblemente perturbado. El ancla grabada en el reverso del reloj no era un adorno cualquiera; era la insignia de una unidad de operaciones especiales de la Armada que oficialmente nunca había existido. Una unidad que el propio Hernández había comandado y cuyos miembros debían haber entregado sus pertenencias al retirarse o morir.

—Diego está muerto, Elena. Ese reloj se hundió con él en el fondo del océano —siseó Hernández, bajando la voz mientras miraba de reojo los alrededores desérticos—. Si tienes esa pieza, significa que robaste pruebas militares. Eso es un delito grave.
Elena soltó una risa amarga. Lucas miraba a ambos, comprendiendo por fin que la obsesión de su madre no era una locura, sino la búsqueda de una verdad peligrosa. El coronel llevó su mano lentamente hacia el interior de su chaqueta, donde guardaba su pistola reglamentaria. La amenaza implícita era evidente: en ese desierto solitario, un accidente mortal se justificaría fácilmente.
—Usted redactó el informe falso para culpar a Diego del robo del cargamento —acusó Elena, dando un paso firme hacia el coronel—. Sabía que él iba a denunciar su red de contrabando. Lo hizo desaparecer y manchó su memoria para salvar su propia carrera. Pero Diego no era tonto. Guardó los documentos originales y me dejó este reloj como la llave para encontrarlos.
Hernández sonrió con malicia, recuperando su aplomo frío. Sabía que la palabra de una viuda marginada no tenía valor frente a su influencia.
—Aunque tuvieras esos papeles, nunca saldrás de este desierto para mostrarlos —amenazó Hernández con voz ronca.
”Sabía que la palabra de una viuda marginada no tenía valor frente a su influencia.—Aunque tuvieras esos papeles, nunca saldrás de este de…