Secretos de familia · Historia

El secreto oculto tras el reloj que mi cuñado juró que se había hundido

El secreto oculto tras el reloj que mi cuñado juró que se había hundido — Parte 1
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Un disparo en el desierto de Almería

El sol de la tarde caía sin piedad sobre el campo de tiro abandonado, un páramo de tierra agrietada y ráfagas de viento seco que levantaban nubes de polvo dorado. En lo alto, una torre de vigilancia oxidada recortaba su silueta contra un cielo implacable. Vera, vestida con su vieja chaqueta de campo color arena, se sentó en el rústico banco de madera con la calma de quien ha visto pasar demasiadas tormentas. A sus sesenta y cinco años, su cabello de plata recogido resplandecía bajo la cruda luz del desierto.

A su lado, su sobrino Álvaro, un jovene impetuoso con un mono blanco de piloto de carreras que desentonaba con la aridez del entorno, la observaba con una mezcla de diversión y escepticismo. Vera acarició la culata de madera de su fusil de cerrojo, sintiendo el metal caliente bajo sus dedos curtidos. Álvaro soltó una risa nerviosa y se cruzó de brazos.

El secreto oculto tras el reloj que mi cuñado juró que se había hundido
—No quiero que ese rifle te haga caer hacia atrás, hombre —advirtió el joven, subestimando la firmeza de la anciana.

Vera no se inmutó. Con un movimiento fluido y letalmente preciso, tiró del cerrojo hacia atrás, expulsando una vaina vacía que tintineó contra el suelo de piedra. Ajustó la mejilla a la culata y miró a través de la mira telescópica, conteniendo la respiración mientras el viento silbaba entre los matorrales secos.

—El viento dice la verdad si sabes escucharlo —susurró con una voz apenas audible.

El estampido del disparo sacudió el desierto. A trescientos metros, la bala perforó limpiamente el centro exacto de la diana de papel. Álvaro dio un paso atrás, mudo de asombro. En ese instante, Valentín, el hermano de su difunto esposo, se acercó desde el todoterreno. Con su robusta chaqueta marrón y su expresión severa, se quitó las gafas de sol con incredulidad. Pero su altivez se desvaneció cuando su mirada cayó sobre la muñeca de Vera. Al levantarse la manga, quedó al descubierto un viejo reloj de correa de cuero con un ancla grabada en el reverso de la caja de acero. El rostro de Valentín se tornó cenizo.

—¿De dónde has sacado ese reloj? —exigió con un hilo de voz temblorosa—. No debería existir aquí.

—exigió con un hilo de voz temblorosa—. No debería existir aquí.