El secreto oculto tras la herencia que mi tío intentó robarme bajo la lluvia
El refugio bajo la lluvia gris
El frío de la tarde de otoño en Castilla calaba hasta los huesos, pero a Mía no le importaba. Su mente estaba demasiado ocupada procesando la traición que acababa de sufrir. Su tío Héctor, un hombre sin escrúpulos que siempre había codiciado el patrimonio familiar, la había expulsado de su propio hogar apenas unas horas después del funeral de su padre. Con solo una mochila pequeña, su gorro de lana blanco y una chaqueta de pana marrón, Mía caminaba sin rumbo por las calles mojadas, sintiendo que el mundo entero se desmoronaba bajo sus pies.
Buscando un lugar donde esconderse del viento helado, llegó al aparcamiento de un antiguo colegio de ladrillo rojo, ahora abandonado y envuelto en una atmósfera gris y desolada. El suelo de hormigón estaba empapado por una llovizna persistente. Mía bajó lentamente los escalones de hormigón, abrazándose a sí misma para contener los temblores, cuando un estruendo profundo y rítmico rasgó el aire. El rugido de varios motores pesados hizo que se le encogiera el estómago.

Un grupo de motoristas con chaquetas oscuras y rostros severos entró en el recinto, deteniendo sus máquinas en un semicírculo perfecto que bloqueaba su única salida. Mía retrocedió, con el corazón golpeándole el pecho con fuerza salvaje. De la motocicleta principal se bajó un hombre imponente, de barba espesa y ojos oscuros que transmitían una autoridad inquebrantable.
Parece que no tienes claro adónde vas. Quizá podamos indicarte el camino correcto.
La voz de Silas era grave y pausada, desprovista de hostilidad pero cargada de una extraña firmeza que dejó a Mía paralizada. El miedo la atenazaba, pero en la mirada de aquel motero había algo más: una chispa de reconocimiento que la desconcertó por completo.
”El miedo la atenazaba, pero en la mirada de aquel motero había algo más: una chispa de reconocimiento que la desconcertó por completo.