La presa que todos creían indefensa resultó ser el peor error de sus enemigos
Anteriormente: Claudia ingresó en prisión en silencio, soportando las humillaciones de las veteranas. Pero tras el ataque de Rosa en el comedor, todos descubrieron que la nueva esconde un pasado peligroso y letal.
Una trampa en las sombras
Lejos de ser enviada a la celda de aislamiento, Claudia fue sacada de su pabellón a altas horas de la noche por dos guardias que no reconoció. La condujeron a través de los pasillos subterráneos del penal, donde la humedad calaba los huesos, hasta el despacho del director. Al entrar, la estancia estaba en penumbra y el sillón principal no lo ocupaba la autoridad de la prisión, sino un hombre con un impecable traje oscuro.
Era Héctor, su exmarido y el inspector de policía corrupto que había fabricado las pruebas para incriminarla en una red de narcotráfico que él mismo lideraba.

«Te advertí que no debías jugar conmigo, Claudia. Rosa trabaja para mí desde hace años. La pelea de hoy era el pretexto perfecto para justificar tu traslado inmediato a una prisión de máxima seguridad», siseó Héctor con una sonrisa despiadada.
Héctor arrojó un documento sobre el escritorio de roble. Era una confesión firmada donde Claudia asumía toda la culpa de los negocios ilícitos de Héctor, eximiéndolo de cualquier sospecha. Si firmaba, pasaría veinte años en la sombra. Si no lo hacía, Héctor le aseguró que el furgón de traslado sufriría un trágico accidente en la carretera.
En ese instante de máxima tensión, la puerta se abrió con suavidad y el sargento Torres entró en el despacho. Héctor frunció el ceño, molesto por la interrupción de quien creía su subordinado comprado. Sin embargo, Torres avanzó con paso firme y colocó un teléfono móvil sobre la mesa, reproduciendo una grabación donde se escuchaba a Héctor detallar su plan para eliminar a Claudia.
«¿Qué significa esto, Torres? Te pagué para que vigilaras el pasillo, no para que me traicionaras», bramó Héctor, perdiendo los papeles por primera vez.
”Te pagué para que vigilaras el pasillo, no para que me traicionaras», bramó Héctor, perdiendo los papeles por primera vez.