El tatuaje de mi pasado que desató el caos con unos peligrosos moteros
El calor sofocante del verano español pesaba como una pesada losa de hormigón sobre la carretera nacional que cruzaba el páramo. Claudia, una joven de apenas dieciocho años con un característico corte de pelo bob de color castaño oscuro y facciones pálidas, caminaba con paso vacilante y cansado por el pasillo central de un viejo bar de carretera. El establecimiento, detenido en el tiempo, conservaba un aire nostálgico y decadente de los años ochenta, con sus barras de cromo brillante y sus reservados tapizados con un cuero amarillo desgastado por el sol. El zumbido constante de un viejo ventilador oxidado en el techo era el único sonido que competía con el tenso silencio reinante en el lugar.
Agobiada por las sofocantes temperaturas del mediodía, Claudia se subió la manga de su chaqueta verde oliva para refrescarse el brazo húmedo por el sudor. No pensó en las consecuencias de su inocente gesto. Al hacerlo, dejó al descubierto un intrincado y llamativo tatuaje en su antebrazo: una calavera alada con detalles extremadamente precisos y sombreados oscuros. Ese diseño, copiado fielmente de un viejo papel arrugado que su madre biológica le había dejado en su cuna antes de desaparecer para siempre de su vida, era su secreto más preciado.

De repente, el tintineo seco de un vaso de vidrio al romperse contra el suelo rompió la relativa calma del bar. Hank, un motero de aspecto desaliñado que llevaba una gorra de camionero oscura y barba de varios días, la miraba fijamente desde la barra de metal, con los ojos desorbitados por la más absoluta incredulidad. Su rostro, curtido por el sol, palideció al instante. Hank giró rápidamente la cabeza hacia el reservado del fondo, donde Kane, un hombre alto, calvo y de imponente constitución física con un chaleco de cuero negro, observaba la escena con atención.
Al ver la marca grabada en la piel de la joven, Kane se levantó lentamente de su asiento. Su sola presencia parecía llenar todo el espacio del local. Se acercó a Claudia con pasos firmes que resonaban en las baldosas, se agachó protectoramente a su lado y le sujetó el hombro con firmeza mientras su mirada desafiaba a todos los presentes en el establecimiento. Con una voz profunda que heló la sangre de los pocos clientes, rugió:
Que nadie se mueva. Elia viene conmigo.
Luego, inclinándose sutilmente hacia ella, le susurró al oído con una urgencia desesperada que no admitía réplica:
A la puerta, ahora.
”Elia viene conmigo.Luego, inclinándose sutilmente hacia ella, le susurró al oído con una urgencia desesperada que no admitía réplica:A la…