Su esposa murió hace años, pero una niña desconocida le jura que está viva
Guillermo caminaba por las antiguas calles de Toledo, con el peso de una jornada laboral interminable sobre sus hombros. El sol de la tarde, con su característico tono dorado, se filtraba entre los estrechos callejones de piedra, proyectando sombras alargadas sobre los adoquines. Vestido con su impecable traje de negocios gris oscuro, Guillermo buscaba en sus bolsillos las llaves de su vehículo cuando, sin darse cuenta, dejó caer un pequeño trozo de papel satinado. Era una fotografía antigua, la única que conservaba de su difunta esposa, Irene.
A pocos metros de allí, sentada sobre un saliente de piedra de una casa señorial, se encontraba Mía. La pequeña, de apenas ocho años, vestía una llamativa sudadera naranja y observaba el ir y venir de los pocos transeúntes. Al ver caer el papel, saltó de su asiento y lo recogió del suelo. Al mirar la imagen, sus ojos se abrieron de par en par con una mezcla de sorpresa y confusión.

—Señor, ¿por qué tiene una foto de mi mamá? —llamó la niña con voz clara y firme.
Guillermo se detuvo en seco. Aquellas palabras resonaron en el estrecho callejón como un eco ensordecedor. Se dio la vuelta lentamente, con el ceño fruncido y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Se acercó a la pequeña, tratando de descifrar si se trataba de una broma de mal gusto.
—¿Qué has dicho? —preguntó Guillermo, con un hilo de voz.
—Mi mamá —repitió Mía con total inocencia, señalando el rostro de la mujer de la fotografía.
Guillermo sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Dio un paso atrás, completamente conmocionado por el parecido físico de la niña con la mujer de la imagen.
—Esa es mi mujer. Murió hace muchos años —balbuceó el hombre, con los ojos empañados por las lágrimas.
—No, mi madre está viva —replicó Mía, sosteniendo la foto con firmeza y mirándolo con una determinación impropia de su edad.
La escena se congeló en el tiempo. Guillermo contempló fijamente el rostro de la niña, dándose cuenta de que compartía los mismos rasgos y la misma mirada profunda de la mujer que creía haber perdido para siempre.
”Guillermo contempló fijamente el rostro de la niña, dándose cuenta de que compartía los mismos rasgos y la misma mirada profunda de la mu…