Traición · Ficción breve

Mi esposo me abandonó en pleno dolor, pero mi hermana militar le dio su merecido

Mi esposo me abandonó en pleno dolor, pero mi hermana militar le dio su merecido — Parte 1
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El desprecio de un cobarde

La tarde en que todo cambió, el cielo de Madrid estaba cubierto por un manto gris y plomizo. Lucía arrastraba los pies por el pasillo del edificio, cargando tres pesadas bolsas de la compra que contenían todo lo necesario para la semana. Su vientre de ocho meses de embarazo se sentía pesado, y un pinchazo agudo en la espalda baja le advertía que debía descansar inmediatamente. Al entrar en el salón de su casa, la luz cálida de las lámparas contrastaba con la frialdad del ambiente familiar que se respiraba allí dentro.

Rubén, su esposo, estaba recostado en el sofá de cuero, absorto en la pantalla de su teléfono móvil. Ni siquiera se dignó a levantar la mirada cuando Lucía entró jadeando. Con un hilo de voz, ella le suplicó ayuda:

Mi esposo me abandonó en pleno dolor, pero mi hermana militar le dio su merecido
—Rubén, por favor, ayúdame con las bolsas. Me duele mucho la espalda y siento una presión muy extraña...

La respuesta de Rubén fue de una crueldad desmedida. Molesto por ser interrumpido, se levantó del sofá con brusquedad y, de un puntapié violento, golpeó las bolsas de la compra. Las verduras, los cartones de leche y las frutas salieron rodando por el suelo. El impacto y la sorpresa hicieron que Lucía perdiera el equilibrio, cayendo de rodillas sobre las baldosas frías.

Llorando desconsoladamente y protegiendo su vientre con ambas manos, Lucía suplicó desesperada:

—¡No, por favor, no me hagas esto! ¡Piensa en nuestra hija!

Rubén se acercó a ella con paso lento, mirándola desde arriba con desprecio absoluto. Su voz sonó fría como el hielo:

—Ponte a trabajar de una vez. El embarazo no es una enfermedad, deja de hacer el papel de víctima.

En ese instante, un dolor insoportable atravesó el cuerpo de Lucía. Un líquido tibio comenzó a correr por sus piernas, empapando su ropa. Aterrada, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Ah! ¡Me duele muchísimo! ¡Algo va mal!

Antes de que Rubén pudiera reaccionar o continuar con sus humillaciones, la puerta principal de la vivienda fue derribada de un fuerte golpe. La mayor Clara Pedraza, hermana de Lucía y oficial del ejército de tierra, entró al salón luciendo su uniforme táctico. Al ver a su hermana en el suelo y a Rubén inmóvil, la furia se apoderó de ella.

—¡Imbécil! —rugió Clara.

Con la velocidad y fuerza de su entrenamiento militar, Clara avanzó y propinó un certero derechazo en el rostro de Rubén, enviándolo directamente contra la pared de pladur del salón, la cual se agrietó ante el violento impacto.

—rugió Clara.Con la velocidad y fuerza de su entrenamiento militar, Clara avanzó y propinó un certero derechazo en el rostro de Rubén, en…