Huí de casa bajo la nieve y un motero misterioso cambió mi destino para siempre
El frío de la traición
El frío de Segovia calaba hasta los huesos, pero el hielo que Claudia sentía en el pecho era mucho más doloroso. Con apenas diecinueve años, acababa de descubrir que toda su vida había sido una farsa construida por su madre y su padrastro. La carta que encontró por casualidad revelaba que su padre biológico seguía vivo, desmintiendo la trágica historia del accidente de coche con la que había crecido.
Sintiéndose traicionada y sin rumbo, Claudia metió unas pocas pertenencias en su mochila, se colocó su gorro amarillo de lana y huyó de casa. Caminó sin rumbo hasta que sus piernas no pudieron más, deteniéndose en las escaleras de la biblioteca municipal de ladrillo rojo. El suelo estaba cubierto de una fina capa de nieve y sus manos temblaban incontrolablemente.

El conserje de la biblioteca, un hombre mayor de mirada compasiva, la observó desde la puerta antes de echar el cierre. Al ver sus lágrimas, se acercó lentamente.
—Estarás bien. Respira, pequeña —le susurró con suavidad, intentando transmitirle un consuelo que ella no lograba encontrar.
En ese instante de absoluta vulnerabilidad, un rugido ensordecedor rompió el silencio de la tarde invernal. Una flota de motocicletas apareció en la distancia, abriéndose paso entre la niebla. El grupo se detuvo justo frente a la biblioteca. Al frente de ellos iba Martín, un hombre de unos treinta y ocho años con una gastada cazadora de cuero y gafas de sol que daban un aire enigmático a su presencia.
Martín detuvo el motor, se levantó ligeramente las gafas y la miró con una mezcla de curiosidad y respeto. Al verla temblar, le hizo una pregunta directa:
—Hola. ¿Buscas que te lleven?
Claudia, sintiendo una extraña corazonada de que aquel desconocido representaba su única salida de aquella pesadilla, lo miró con alivio.
—Yo... supongo que sí —respondió con un hilo de voz.
”supongo que sí —respondió con un hilo de voz.