Una joven reclusa arriesga su condena para defender a la anciana más indefensa
Anteriormente: Sara no buscaba problemas en prisión, pero ver a la vulnerable Clara herida por las matonas del comedor despertó en ella una fuerza incontrolable que cambiaría el destino de ambas.
Secretos tras el uniforme gris
La represalia que Sara esperaba tras desafiar a la líder del comedor no llegó en forma de aislamiento solitario. Esa misma noche, dos guardias de gesto adusto la escoltaron por el laberinto de pasillos metálicos hasta los despachos de administración. Para su sorpresa, la subdirectora no estaba sola. Junto a su escritorio de roble se encontraba un hombre de mediana edad, vestido con un traje de sastre impecable que desentonaba por completo con la miseria del entorno.
Se presentó como Alejandro Valenzuela, uno de los abogados penalistas más prestigiosos de España. Lo que reveló a continuación dejó a Sara sin aliento. Clara no era una indigente desamparada víctima de un malentendido judicial. Era Clara Santillana, la legítima heredera de un imperio hotelero nacional, recluida bajo cargos falsos de malversación orquestados por su propio hijastro, Mario.

—Mario sabe que Clara no sobrevivirá mucho tiempo aquí dentro —explicó Alejandro con gravedad—. Begoña está a sueldo de él. Su misión era provocar un "accidente" fatal antes de que lográramos presentar la apelación definitiva que demostrará la inocencia de Clara. Tu intervención de hoy ha salvado su vida, Sara, pero ahora estás en su punto de mira.
El abogado se inclinó hacia adelante, ofreciéndole un trato que parecía sacado de una novela de suspense. Si Sara aceptaba convertirse en la protectora personal de Clara durante las próximas dos semanas dentro de los muros de la prisión, su bufete se encargaría de reabrir el caso de Sara, quien cumplía condena por una estafa financiera de la que había sido injustamente acusada por su expareja.
—Protege a Clara catorce días más —concluyó el letrado—. Y te prometo que ambas cruzaréis esas puertas de metal como mujeres libres.
”Y te prometo que ambas cruzaréis esas puertas de metal como mujeres libres.