Segundas oportunidades · Historia

La boxeadora caída que encontró su redención defendiendo a la víctima del pabellón

La boxeadora caída que encontró su redención defendiendo a la víctima del pabellón — Parte 2
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Anteriormente: Maia entró en prisión con el alma rota y decidida a pasar desapercibida, pero ver el abuso contra una interna indefensa despertó su instinto de lucha.

La venganza en la sombra

La victoria en las duchas fue un alivio temporal para Sara, pero para Maia representaba haber firmado una sentencia de muerte no escrita. En un ecosistema tan hostil como el de Cruz del Sur, la humillación de la líder del pabellón no podía quedar sin castigo. Durante el resto del día, las miradas de advertencia y los murmullos seguían a Maia por el patio. Ella sabía perfectamente que el contraataque era inevitable.

La noche cayó sobre la prisión, trayendo consigo un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el viento golpeando las rejas de hierro. Maia permanecía despierta en su litera, con los sentidos alerta. Su intuición no falló. Alrededor de la medianoche, escuchó el sutil pero inconfundible sonido de una cerradura electrónica abriéndose. Era imposible que ocurriera a esa hora sin la complicidad de algún guardia sobornado.

La boxeadora caída que encontró su redención defendiendo a la víctima del pabellón

La pesada puerta de metal de su celda se abrió lentamente. Tres siluetas se deslizaron en la penumbra. A la cabeza estaba Begoña, con una venda tosca en la frente y un rostro desfigurado por el odio. En sus manos portaba un objeto afilado de metal, fabricado clandestinamente con los restos de un somier. Sus dos secuaces sostenían pesadas mantas para asfixiar cualquier grito.

—¿Pensaste que te saldrías con la tuya, campeona? —susurró Begoña con una sonrisa retorcida—. Aquí dentro, yo soy la que decide quién respira.

Maia se incorporó despacio, manteniendo la calma que solo los años en el cuadrilátero pueden otorgar. El espacio era alarmantemente reducido; no había espacio para esquivar como en las duchas. Cuando la primera agresora se lanzó con la manta, Maia utilizó la estrechez de la celda a su favor, pateando la litera metálica para golpear a su atacante. Sin embargo, Begoña aprovechó el caos para lanzar una estocada directa hacia el pecho de Maia. El filo del metal rasgó su camiseta, tiñéndose de un rojo brillante en la oscuridad.

El filo del metal rasgó su camiseta, tiñéndose de un rojo brillante en la oscuridad.