La boxeadora que arriesgó su libertad para salvar a una inocente tras las rejas
Anteriormente: Sara, una exboxeadora en prisión, decide intervenir cuando la matona del patio ataca a una interna indefensa, desatando una guerra de poder que cambiará su destino para siempre.
La trampa en la penumbra
La victoria en el patio colocó a Sara en el punto de mira de la peor facción de Cruz del Sur. Horas después del enfrentamiento, dos guardias la escoltaron a la oficina del subdirector, el señor Montenegro. Lejos de sancionarla de forma ordinaria, Montenegro la esperaba con una expresión sombría y calculadora. Detrás de sus modales refinados se ocultaba el verdadero cerebro de una red de contrabando que operaba dentro de los muros de la prisión, y Begoña era su principal herramienta para mantener el orden y el silencio entre las reclusas.
Montenegro se levantó lentamente de su sillón, apoyando las manos sobre el escritorio de madera noble.

Has alterado el equilibrio de mi prisión, Sara —siseó Montenegro con voz baja y amenazante—. Begoña trabaja para mí. Al humillarla, has debilitado mi autoridad. Y eso es algo que no puedo permitir.
Sara mantuvo la barbilla en alto, negándose a mostrar debilidad ante el funcionario corrupto. Sabía que cualquier palabra en su contra podría costarle años adicionales de condena, o algo peor. Montenegro la desmitió con una mueca de desprecio, ordenando que la devolvieran a su celda en el ala más aislada del penal.
La verdadera amenaza se materializó a midnight. Mientras el silencio sepulcral envolvía el bloque de celdas, Sara escuchó el sutil chasquido de un cerrojo. Para su sorpresa, la pesada puerta de hierro de su celda se abrió lentamente. Tres figuras se deslizaron en la penumbra: dos guardias leales a Montenegro y, detrás de ellos, una Begoña sedienta de venganza que empuñaba un punzón carcelario de fabricación casera. Las luces del pasillo se apagaron repentinamente, sumiendo el lugar en una oscuridad casi total.
Sara comprendió de inmediato que Montenegro había ordenado su ejecución silenciosa. Sin espacio para esquivar y en absoluta desventaja numérica, la exboxeadora se preparó para defender su vida en el espacio confinado de su celda, sabiendo que un solo error sería el último.
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