La campeona olvidada que regresó al campo de tiro para hacer justicia
Anteriormente: Clara regresa al club de tiro que destruyó a su padre, enfrentándose a los hombres que lo traicionaron con un secreto grabado en su propia escopeta.
Secretos bajo el sol de Madrid
La tensión en el campo de tiro se volvió casi física. Arturo bajó apresuradamente de la cabina de control, ignorando el protocolo del torneo. Su rostro, habitualmente arrogante, mostraba una palidez cenicienta. Se interpuso entre Clara y Jonah, tratando de ocultar la escopeta de la vista de las cámaras de televisión que cubrían el evento nacional.
—¿Qué significa esto? —siseó Arturo, con la voz entrecortada—. Esa arma pertenecía a Manuel. Él fue expulsado de esta federación de por vida por fraude. No tienes derecho a competir con su equipo.
Clara esbozó una sonrisa carente de calidez. Sabía que el miedo de Arturo no era por la escopeta en sí, sino por lo que su presencia representaba. Hace cinco años, Arturo y Jonah habían conspirado para acusar a Manuel de vender secretos de diseño a un equipo extranjero, robándole así las patentes de una tecnología de estabilización de tiro que ahora les generaba millones.

—Mi padre nunca cometió fraude, Arturo —dijo Clara en voz baja, asegurándose de que solo ellos dos pudieran escucharla—. Ustedes falsificaron las pruebas y las firmas. Y hoy, todo el mundo va a saber la verdad.
Jonah retrocedió un paso, mirando nerviosamente a su alrededor. Los periodistas comenzaban a notar la inusual reunión en la fosa de tiro. El pánico se apoderó de él al comprender las implicaciones: si la reputación de Manuel se restauraba, su propio título de campeón y sus lucrativos contratos de patrocinio se desvanecerían al instante.
—No tienes pruebas, Clara —intervino Jonah, intentando sonar firme aunque su voz temblaba—. Eres solo una aparecida. Nadie te creerá.
Clara llevó su mano al cuello y extrajo una pequeña unidad de memoria USB de plata que colgaba de una cadena. La sostuvo frente a ellos, brillando bajo la intensa luz del sol.
—Aquí están los correos electrónicos originales del servidor privado de Arturo y las transferencias bancarias que le hiciste para asegurar tu lugar en el equipo olímpico. Mi padre guardó una copia de seguridad antes de que le confiscaran sus ordenadores.
Arturo, desesperado, hizo una señal discreta a los guardias de seguridad privada del club de tiro. Dos hombres corpulentos comenzaron a avanzar hacia ellos con paso rápido, listos para intervenir y confiscar la memoria por la fuerza física.
”Dos hombres corpulentos comenzaron a avanzar hacia ellos con paso rápido, listos para intervenir y confiscar la memoria por la fuerza fís…