Segundas oportunidades · Ficción breve

La convicta que arriesgó su libertad para salvar a una inocente tras las rejas

La convicta que arriesgó su libertad para salvar a una inocente tras las rejas — Parte 2
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Anteriormente: Sara pensaba cumplir su condena sin llamar la atención, pero ver a la despiadada Begoña abusar de una joven indefensa la obligó a tomar una decisión desesperada.

Una revelación peligrosa

La victoria en el patio colocó a Sara en el centro de todas las miradas, pero también en el punto de mira de la dirección del penal. A la mañana siguiente, dos guardias la escoltaron hasta el despacho del director. Para su sorpresa, al cruzar la puerta no encontró una reprimenda disciplinaria, sino un escenario completamente inesperado. Tras el escritorio no estaba el director, sino un hombre de mediana edad, vestido con un traje de alta costura impecable y un semblante donde se mezclaban la angustia y la determinación.

—Gracias por venir, Sara. Me llamo Alejandro —dijo el hombre, extendiéndole la mano con respeto—. Soy el padre de Lucía.

La convicta que arriesgó su libertad para salvar a una inocente tras las rejas

Sara frunció el ceño, confundida. No entendía qué hacía un poderoso magnate en las oficinas de una prisión de máxima seguridad, y mucho menos por qué su hija estaba cumpliendo condena allí.

—No entiendo nada, señor —respondió Sara, manteniéndose alerta—. Su hija está aquí por un delito menor de posesión, ¿verdad?

Alejandro suspiró con amargura y negó con la cabeza antes de revelar una verdad escalofriante:

—Todo fue una trampa. Mis enemigos políticos y empresariales fabricaron las pruebas para encerrar a Lucía aquí dentro. Saben que ella es mi mayor debilidad. Pero eso no es lo peor. Begoña no actuaba por simple crueldad; recibió una inmensa suma de dinero desde el exterior para asegurar que mi hija sufriera un "accidente" fatal dentro de estos muros.

El frío recorrió la espalda de Sara. Al salvar a Lucía, se había entrometido en una conspiración criminal de dimensiones inimaginables. Alejandro se acercó a ella, tomándola de los hombros con desesperación.

—Has salvado la vida de mi hija, Sara, pero ahora ambas estáis en peligro mortal. Los mismos hombres que quieren ver muerta a Lucía han comprado la lealtad de varios oficiales de esta prisión. No podemos confiar en nadie.

En ese instante, un sonido ensordecedor interrumpió la conversación. Las alarmas de la prisión comenzaron a aullar con fuerza y las luces rojas de emergencia tiñeron el despacho de un tono sangriento. La puerta se abrió de golpe, revelando a tres guardias armados con rostros hostiles y las armas desenfundadas. La trampa se había cerrado sobre ellos.

La trampa se había cerrado sobre ellos.