Arriesgué mi vida en prisión para salvar a una desconocida de su peor pesadilla
Anteriormente: En el patio gris de la prisión, un acto de crueldad despierta un instinto de protección dormido. Una alianza inesperada cambiará el destino de dos reclusas para siempre.
La emboscada en la penumbra
La humillación de Greta no iba a quedar impune. En los pasillos de la prisión, el ambiente se volvió denso, cargado de una tensión que presagiaba lo peor. Natalia sabía que había pintado una diana en su propio pecho, pero no se arrepentía. Aquella noche, los susurros en las celdas confirmaron sus temores: Greta y su banda planeaban un ataque coordinado. No solo querían recuperar el control del pabellón, sino destruir por completo a quienes se habían atrevido a desafiarlas.
Al día siguiente, durante las horas de trabajo en el taller de costura del sótano, el plan se puso en marcha. De repente, un apagón repentino sumió la estancia en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por las débiles luces de emergencia. En medio del desconcierto general, un grito ahogado rasgó el aire. Era Catalina. Natalia, guiada por un instinto de protección inquebrantable, corrió sorteando las pesadas mesas de costura hasta llegar al almacén de suministros.

Allí, arrinconada contra los estantes de metal, Catalina temblaba mientras Greta sostenía una rudimentaria cuchilla carcelaria. La luz de emergencia se reflejaba en el metal afilado. Sin dudarlo un segundo, Natalia se lanzó hacia adelante, interponiendo su cuerpo entre la hoja y la joven indefensa. Un dolor ardiente y punzante le atravesó el costado izquierdo cuando el metal penetró su piel. Natalia cayó de rodillas, presionando la herida de la que brotaba abundante sangre.
Catalina gritó horrorizada, arrodillándose a su lado para presionar la herida con sus propias manos, mientras Greta levantaba de nuevo el arma con intenciones homicidas. En ese instante de máxima desesperación, las alarmas del penal comenzaron a sonar y las luces principales se encendieron de golpe. Varios guardias de seguridad irrumpieron en el almacén con las defensas extendidas, pero lo que ocurrió a continuación dejó a todos paralizados.
—¡Atrás! —exclamó Catalina, poniéndose de pie con una seguridad asombrosa y mostrando un pequeño micrófono oculto bajo su uniforme—. Todo está grabado. Se acabó el juego, Greta.
”Todo está grabado. Se acabó el juego, Greta.