Secretos de familia · Historia

La humillaron embarazada sin saber que el hombre más poderoso de España era su padre

La humillaron embarazada sin saber que el hombre más poderoso de España era su padre — Parte 1
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El desprecio en la mansión

El gran vestíbulo de la mansión de los Aldama olía a cera cara y a una frialdad que calaba hasta los huesos. Gabriela, con su vestido de encaje azul claro que apenas disimulaba su incipiente embarazo, se aferraba a su vientre con ambas manos. Frente a ella, Aarón, el hombre que le había prometido el cielo y la tierra, la miraba con una furia ciega, sus dedos apretando su brazo con una fuerza desmedida.

—¿Cómo te atreves a hablarle así a mi madre en mi propia casa? —gritó Aarón, con la mandíbula tensa y los ojos inyectados en sangre.

Gabriela sintió que las lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero no agachó la cabeza. El desprecio de esa familia había llegado demasiado lejos.

La humillaron embarazada sin saber que el hombre más poderoso de España era su padre
—Tu madre me humilló y tú oíste cada palabra —retorció ella, con la voz rota por la traición—. Me ofreció dinero para deshacerme de nuestro hijo, Aarón. ¿Y te pones de su lado?

Desde la majestuosa escalera de caracol, Elisa, la matriarca vestida de terciopelo burdeos, observaba la escena con una sonrisa de gélida superioridad. Su peinado impecable no se movió ni un milímetro cuando pronunció su veredicto.

—Aprende cuál es tu lugar. Nunca pertenecerás a esta familia —sentenció la mujer, mirando a Gabriela como si fuera un insecto molesto.

Pero antes de que Aarón pudiera empujarla hacia la salida, las pesadas puertas dobles de la entrada se abrieron de par en par con un estruendo metálico. La silueta de un hombre alto, de cabello canoso y porte imponente, recortó la luz de la tarde. Era Teodoro, el magnate más poderoso del país, flanqueado por sus escoltas personales.

—Hija, haz las maletas —ordenó Teodoro con una autoridad que hizo temblar las paredes.

Aarón dio un paso atrás, pálido, mientras Teodoro se acercaba a él, deteniéndose a escasos centímetros de su rostro aterrorizado.

—Y responderás por cada una de sus lágrimas —le advirtió el magnate con un susurro helado.

Era Teodoro, el magnate más poderoso del país, flanqueado por sus escoltas personales.—Hija, haz las maletas —ordenó Teodoro con una auto…