La humillaron en el patio de la prisión sin sospechar quién era ella en realidad
La humillación bajo el sol de Cruz del Sur
El aire en el patio de la prisión de Cruz del Sur era denso, cargado de un polvo asfixiante que se metía en los pulmones con cada respiración. Bajo el implacable sol de la tarde, el calor reverberaba en las altas vallas de alambre de espino que limitaban el horizonte de las reclusas. Sara, una joven de complexión delgada y cabello oscuro recogido en dos trenzas perfectas, paleaba grava con dificultad. Sus manos, antes acostumbradas a las teclas de un ordenador y a los documentos financieros, estaban cubiertas de ampollas y polvo grisáceo.
Detrás de ella, una sombra alargada se proyectó sobre la tierra seca. Era Begoña, una reclusa corpulenta y temida por todas, cuya coleta rubia siempre presagiaba problemas. Begoña no toleraba que la elegancia natural de Sara permaneciera intacta a pesar de las duras condiciones de la prisión. Con una sonrisa maliciosa, Begoña se acercó sigilosamente por la espalda de la joven.

El impacto fue brutal. Begoña propinó un empujón seco y despiadado que lanzó a Sara de cabeza contra el montón de grava afilada. El sonido del cuerpo impactando contra las piedras fue seguido de inmediato por las risas burlonas de las aliadas de Begoña, que presenciaban la escena como hienas hambrientas.
—He oído que fuera eras alguien importante —susurró Begoña con desprecio, inclinándose sobre Sara mientras esta intentaba recuperar el aliento en el suelo—. Aquí pareces una conejita asustada.
Sara permaneció inmóvil en el suelo por unos segundos, sintiendo el dolor agudo en su mejilla y el sabor a sangre y tierra en su boca. Sin embargo, cuando levantó lentamente la cabeza, sus ojos oscuros no reflejaban derrota, sino una determinación gélida y peligrosa. No era una víctima; era una mujer esperando su momento.
”No era una víctima; era una mujer esperando su momento.