Segundas oportunidades · Historia

La injusticia de mi condena no apagó mi fuerza para empezar de nuevo

La injusticia de mi condena no apagó mi fuerza para empezar de nuevo — Parte 1
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El patio de los lobos

El sol de la tarde caía plomizo sobre el patio de la prisión provincial, un páramo de tierra seca y asfalto agrietado rodeado por muros de hormigón rematados con concertinas. Para Sara, una joven madrileña de complexión atlética y cabello rubio recogido en un moño desordenado, ese patio era el único lugar donde podía mantener la cordura. Vestida con una camiseta deportiva descolorida, realizaba fondos en las barras paralelas con una disciplina militar. Cada flexión era un acto de resistencia contra la injusticia que la había encerrado allí.

De pronto, el zumbido de un objeto pesado rompió el aire. Begoña, una reclusa corpulenta apodada «La Gueparda» por su ferocidad, le arrojó un pesado balón medicinal de cuero directamente al rostro. El lanzamiento iba con la clara intención de derribarla, pero los reflejos de Sara fueron más rápidos. Atrapó el balón con ambas manos, amortiguando el impacto contra su pecho, y bajó de las barras con una calma gélida.

La injusticia de mi condena no apagó mi fuerza para empezar de nuevo
¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita!, gritó Begoña con una sonrisa burlona, buscando provocarla frente a la multitud.

En cuestión de segundos, decenas de reclusas se agolparon alrededor de ellas, formando un círculo asfixiante. Los gritos de aliento y sed de violencia resonaron contra los muros del penal.

¡Dale una paliza! ¡Vamos, Gueparda!, aullaba la turba enfervorizada.

Begoña no esperó más y se lanzó al ataque con un derechazo salvaje. Sara, manteniendo la mente fría, esquivó el puñetazo agachando el cuerpo con precisión quirúrgica. Cuando Begoña intentó abalanzarse para un forcejeo en el suelo, Sara aprovechó la inercia de su rival. Con un movimiento rápido y coordinado, le propinó un rodillazo seco y devastador directamente en el estómago. Begoña se dobló de inmediato, perdiendo el aire, y cayó sobre la tierra del patio. Sin mediar palabra, Sara se dio la vuelta y caminó tranquilamente hacia su celda, dejando atrás a una líder humillada y a un patio enmudecido.

Sin mediar palabra, Sara se dio la vuelta y caminó tranquilamente hacia su celda, dejando atrás a una líder humillada y a un patio enmude…