La niña descalza que un grupo de rudos moteros salvó en la tormenta
Anteriormente: Lucía apareció en un área de servicio en mitad de una tormenta de mil demonios. Solo llevaba un camisón sucio y un peluche desgastado, pero su destino cambió al cruzar la mirada con cinco moteros.
La codicia bajo la lluvia
El alivio de estar bajo techo duró poco para Lucía. Apenas unos minutos después de que los moteros abandonaran el local, la puerta volvió a abrirse con violencia. Esta vez, la figura que cruzó el umbral no traía compasión alguna. Era Manuel, el tío carnal de la niña, un hombre consumido por las deudas de juego y el resentimiento, que se había autoproclamado su tutor legal tras la trágica muerte de sus padres en un accidente de tráfico.
—¡Por fin te encuentro, rata desagradecida! —bramó Manuel, agarrando a la pequeña del brazo con una fuerza desmesurada que le arrancó un grito de dolor.
Ninguno de los escasos clientes de la cafetería se atrevió a intervenir ante lo que parecía una violenta disputa familiar. Manuel arrastró a Lucía a la fuerza hacia su viejo vehículo y arrancó a toda velocidad hacia los caminos forestales que rodeaban la sierra. La pequeña lloraba en silencio en el asiento del copiloto, aferrando el oso de peluche contra su pecho. Ella sabía perfectamente lo que su tío buscaba: dentro del costura del juguete se ocultaba la llave de la caja de seguridad que contenía el testamento original de sus padres, el cual la nombraba heredera universal de una modesta pero valiosa finca familiar.

Manuel detuvo el coche en un mirador apartado, rodeado de pinos y lodo. La sacó a empujones bajo la tormenta inclemente.
—¡Dame ese maldito peluche de una vez o te juro que no volverás a ver la luz del día! —amenazó Manuel, levantando la mano dispuesto a golpearla.
Lucía cerró los ojos, esperando el impacto inevitable en mitad de la oscuridad. Sin embargo, antes de que la mano de su tío descendiera, el rugido ensordecedor de varios motores de gran cilindrada quebró el silencio del bosque. Cinco potentes focos halógenos rasgaron la penumbra, cegando por completo a Manuel. Los moteros no la habían abandonado; la habían utilizado como cebo para confirmar sus sospechas y atrapar al monstruo que la perseguía. El Gran Juan bajó de su pesada máquina con un bate de hierro en la mano, mientras Martín y los demás formaban un círculo infranqueable alrededor de ellos.
—No creo que debas tratar así a una señorita —dijo Martín con una calma aterradora.
Desesperado y acorralado, Manuel sacó una navaja del bolsillo de su chaqueta, apuntando tembloroso a los gigantes de cuero.
”El Gran Juan bajó de su pesada máquina con un bate de hierro en la mano, mientras Martín y los demás formaban un círculo infranqueable al…