La reclusa más temida arriesgó su libertad para salvar a una anciana indefensa
El ambiente en la cocina de la prisión era un auténtico infierno de vapor y desesperación. Leonor, una mujer de cincuenta y ocho años de complexión frágil y cabello canoso, limpiaba los enormes calderos de metal con las pocas fuerzas que le quedaban. Su uniforme deportivo gris, desgastado por el tiempo, reflejaba la tristeza de una condena injusta. Para ella, cada día tras las rejas era una batalla por la supervivencia, especialmente desde que Gertrudis la había tomado como su objetivo personal.
Gertrudis, una reclusa robusta y de mirada despiadada vestida con el uniforme naranja, apareció de la nada. Con un movimiento rápido y violento, arrastró a Leonor hacia una esquina, acorralándola contra la pesada cerca de alambre que dividía la cocina del área de carga de alimentos.

«¿Te crees muy lista, vieja? Aquí dentro no eres nada, y hoy vas a aprender quién manda», siseó Gertrudis, apretando sus fuertes dedos en el cuello de la anciana.
Leonor apenas podía respirar, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Fue en ese instante de terror absoluto cuando apareció Rocío. Con una agilidad asombrosa, la joven de cabello castaño claro y tatuajes en las muñecas corrió por el pasillo húmedo. Sin pensarlo, agarró un cubo de metal pesado y lo estampó con fuerza bruta sobre la cabeza de Gertrudis.
El impacto resonó como una campana metálica en toda la estancia. Furiosa, Gertrudis se arrancó el cubo de la cabeza, revelando un rostro desfigurado por la ira. Sin embargo, Rocío no le dio tregua alguna. Lanzó una rapidísima sucesión de puñetazos demoledores que impactaron directamente en el rostro y el torso de la agresora. Gertrudis se tambaleó antes de desplomarse inerte sobre el frío concreto de la cocina. Con frialdad, Rocío se arrodilló a su lado, le levantó la cabeza tirando fuertemente de su cabello y le susurró con desprecio:
«Que no vuelva a pillarte, basura.»
”Con frialdad, Rocío se arrodilló a su lado, le levantó la cabeza tirando fuertemente de su cabello y le susurró con desprecio:«Que no vue…